My way, pero scientifique, да.

FINALMENTE, ¿ENCONTRARÁ NUESTRA NIÑA A SU SUEÑO?

Junio 9, 2008 · 3 comentarios

Balkis estaba insoportable desde que salieron de Montecarlo aquella mañana temprano hacia el Mediodía de Francia. Por más que Natalia, eficazmente ayudada por el chofer moreno de grandes ojos traviesos y de cabello ensortijado, que ella había elegido para conducir el lujoso coche alquilado, intentara reconvenirla y calmarla, la antaño modélica chow chow brincaba febrilmente de un lado a otro del asiento trasero, pisando el regazo y las rodillas de su amita cada vez que se quería asomar a la ventanilla derecha desde donde Natalia contemplaba el paisaje, o al menos, trataba de contemplarlo.

Balkis se asomaba ansiosamente a dicha ventanilla y, entonces, Natalia se deslizaba hacia la otra. Al cabo de cinco minutos, Balkis volvía a agitarse y a precipitarse hacia la ventanilla opuesta, desalojando así a su amita.

Varias veces ya se habían detenido, pues Natalia deducía que deseaba aliviar su vejiga o sus intestinos.

Antoine, el chofer de acento meridional, de voz cantarina y llena de sol, se reía, bajaba la ventanilla, abría la portezuela trasera derecha e invitaba a Balkis a salir. Pero la perrita ladraba, furiosa, y se negaba, obstinadamente, a abandonar su sitio. Entonces, sin enfadarse, el chofer, divertido, volvía a su asiento y hacía arrancar el coche.

-Las mujeres son caprichosas y hay que saber adivinar sus necesidades –le decía a Natalia riendo.

-Eso trato –respondía Natalia–, estoy asombrada, pues jamás se había comportado así. Parece excitada. Parece buscar algo.

-¿Habían ya venido por aquí? – preguntaba Antoine –; tal vez, reconoce el camino que lleva hacia alguien muy querido.

-Eso me parece también –respondió Natalia.– Pero jamás antes habíamos estado aquí.

-¿Pero donde nació ella? –insistía Antoine.– Los perros jamás olvidan a sus amores- explicaba esa autoridad en raza canina.

-No sé dónde nació. Siempre estuvo conmigo. En el Sahara, supongo –respondió Natalia, pensativa.

-¡Oh! Eso queda lejos –cabeceaba Antoine, retraído, decidido cual Sherlock Holmes a resolver el misterio de los estados anímicos de Balkis.

- Creo que, como ya se avecina la hora de almorzar, podríamos buscar un bello lugar y detenernos, eso tal vez la aplacará –aventuró la niña.

-A veinte minutos de aquí existe un pueblo precioso, muy idílico, muy salvaje y natural – respondió Antoine.

– Será perfecto así –sonrió Natalia.

Mientras, la agitación de Balkis había llegado a su clímax, y cinco minutos después, no sólo jadeaba y pisaba a su ama, precipitándose de una ventanilla a otra, sino que empezó a ladrar escandalosamente y a lanzarse hacia la puerta derecha. Otra vez, el paciente Antoine, se detuvo, se apeó y abrió la portezuela trasera. Esta vez, Balkis saltó, y salió disparada como una exhalación, alejándose del vehículo, campo a través. Natalia brincó tras ella y la siguió corriendo, no sin antes ordenar a Antoine que las esperase sin moverse de su sitio.

-Balkis, ¡Balkis!, ¡regresa aquí!. ¡Regresa! ¡Espérame! -gritaba Natalia mientras corría tras su perrita.

Balkis se detenía, galopaba de regreso hacia su ama, se detenía a tres metros de ella, jadeante, movía frenéticamente la cola sobre su lomo, y volvía a correr, campo adentro, con Natalia, muy intrigada, tras ella. Ya el coche quedaba fuera de su vista, tras varios recodos del camino, que serpenteaba entre olivos viejos, bellísimos por sus mil nudos, sus hojas plateadas y sus ramas cargadas de minúsculos frutos del mismo verde que los ojos de Natalia. Tras el bosque de olivos, apareció otro, de almendros en flor. Allí Natalia tropezó, se cayó y se lastimó el tobillo, gritando de dolor. Balkis, alarmada, frenó su carrera y dio media vuelta, corriendo hacia su amita. Natalia intentó ponerse en pie pero su tobillo le dolía tanto que volvió a caer sentada y llorando de dolor. Balkis, desolada, le lamía la cara y se lamentaba.

-Ve a buscar a Antoine –le ordenó Natalia–, no puedo moverme. Esperaré aquí-. Balkis la obedeció ipso facto, pero invirtiendo el sentido de la huida: en vez de regresar hacia el coche y hacia Antoine, corrió campo abajo, perdiéndose en un recodo del camino.

Natalia, impotente, resolvió esperar, entre furiosa e intrigada. Confiaba totalmente en Balkis. “Tal vez encontró a su alma gemela antes que yo”, suspiró la niña.

Al cabo de quince minutos escuchó los ladridos, muy excitados, de Balkis. La vio surgir, jadeante y gozosa, por el recodo del camino, seguida por un adolescente que corría tras ella. No pudo fijarse en él ni detallarlo porque un gran relámpago azul turquesa estalló ante sus ojos y se confundió con la silueta que corría veloz hacia ella. Y, en ese relámpago, Natalia recordó: recordó al Arcángel Michael, todo él turquesa, de todos los turquesas imaginables y no imaginables, bellísimo él, de cuatro metros de alto, de cuerpo astral turquesa claro, de ojos turquesa verdoso, de cabellos turquesa y oro, de alas enormes que lo podían ocultar totalmente, turquesa oscuro de todos los matices turquesa, color de gloria él.

Recordó la tristeza de Michael, emanación de la mente de Dios, ante la estupidez humana. Recordó su indesmayable amor por ella, Natalia. Y recordó el amado y sobrecogedor rostro de su padre, Padre y Creador de todo el Universo. Y recordó los seis sistemas del Universo. Y recordó a Dios. Y recordó Su amor por ella, Natalia, y recordó las palabras de Dios y sus condiciones al despedirla. Y recordó el séquito celestial y su orden perfecto. Y lo recordó todo, mientras lloraba, sin consuelo posible.

-¿Te duele mucho?- escuchó que le decía esa voz tan familiar, tierna y asustada. Y se sintió alzada del suelo florido por los protectores brazos fuertes y suavísimos que la estrecharon contra el pecho del adolescente de ojos turquesa. Natalia rió mientras seguía hipando.

-¿Eres Michael? – preguntó incrédula y feliz.

-Me llamo Miguel – contestó sonriente el adolescente en español y tradujo de inmediato – Je m’appelle Michel. ¿Cómo lo sabías?

-¡Oh! Creo que sé más cosas de ti que las que podría recordar –contestó Natalia-, y siguió llorando, desconsolada, desorientada, confundida.

Ya habían llegado al recodo del camino y Natalia pudo adivinar la silueta de una casa pequeña tras las cortinas de sus propias lágrimas. Balkis los precedía. Vio llegar corriendo a una mujer rellenita y sonriente, de cabellos pintados de amarillo, en uniforme blanco, que abrió la puerta del jardín y los hizo pasar.

-¿Es tu madre? – preguntó Natalia a Miguel, y enseguida se trató así misma de tonta. ¿Por qué su madre llevaría uniforme? Tal vez ésta era enfermera, se tranquilizó.

-No tengo madre. Ella murió hace muchos años. Al igual que toda mi familia. Es Aída, y es la señora que me cuida y cuida de la casa-. Explicó Miguel mientras depositaba a Natalia sobre un cómodo sillón de rottin-. Y ahora llamaremos a un médico para que te examine el tobillo. Está algo hinchado.

-No, no es necesario –replicó Natalia.– No tengo nada roto. Si me das una venda estará bien mañana.

Miguel ya corría a buscar la venda. Parecía sufrir mucho más que Natalia, y ¡físicamente! por los dolores de la niña, quien decidió, al comprenderlo, disimular, su -ahora, de todas formas, menor- dolor. Miguel ya regresaba con el botiquín de primeros auxilios, que abrió febrilmente, volcando sobre la alfombra todo su contenido. Natalia rió.

-No pareces dotado para la medicina. Dame esa venda elástica y ese tubo rojo de árnica –rió ella.- ¿Ves? -lo tranquilizó mientras se vendaba el tobillo eficaz y raudamente –, es todo lo que necesito.

Aída regresaba con su cálida sonrisa y una bandeja con limonada helada en una jarra. “Un ángel cuidando del arcángel”. “Aquí todo está en orden – añadió para sí-“. Balkis, feliz, roncaba a sus pies. Miguel, una vez tranquilizado por la sonrisa de Natalia, una vez servidos ambos, se sentó en otro sillón gemelo que arrastró para ponerlo a los pies de Natalia.

-¿Seguro que no quieres que llame a un médico? -insistió él.

-Seguro. ¡Oh, Dios mío! ¡Antoine! – Y explicó que su chofer debía estar muy inquieto.

-Yo iré a buscarlo –se ofreció Aída, tras informarse sobre dónde estaba el conductor. Y salió con su pausado y tranquilo caminar que, no obstante, franqueaba más distancia que una persona agitada apurándose.

Y se quedaron a solas.

Natalia pidió a Miguel que le contara su vida. El fue escueto y sobrio, y esencial. Como siempre.

A la vez que escuchaba atentamente su relato, Natalia hacía dos cosas más: lo miraba y miraba, fascinada por su aspecto tan especial. Por esa belleza serena y tan varonil que no obstante la conmovía máximamente y hacía que su corazón se diluyera literalmente de ternura por él, y, también y sobre todo, se hacía preguntas transcendentales a las cuales no encontraba respuesta. Por vez primera, no encontraba respuesta. Decidió consultarle a él:

-Lo que no entiendo –exclamó Natalia interrumpiendo el apasionante relato de Miguel –, y no lo entiendo en absoluto, es que tú puedas estar arriba y abajo al mismo tiempo. Y lo que entiendo aún menos es que, allá, mis amigos ángeles decían que Gabriel, el otro arcángel de Dios, medía también cuatro metros, que su cuerpo era de oro claro, sus alas de puro diamante, su cabello negro y sus ojos verdes caqui y que era la emanación del corazón de Dios. Entonces – prosiguió naturalmente, como si su rocambolesco discurso tuviera la misma sensata naturalidad que observar que los almendros estaban en flor–, entonces –repitió- ¿cómo puedo yo saber con toda certeza, con más certeza aún, de que Dios, cuyo rostro recuerdo a la perfección, cuyos brazos añoro –y rompió a llorar–, cuya voz conservo clarita en todo mi ser, de que Dios existe, cómo puedo estar segura de que tú eres mío y que vine a buscarte aquí?

De un brinco Miguel se había puesto en pie y, sacándose el pañuelo, enjugaba tiernamente las lágrimas de Natalia mientras reía.

-¿De qué te ríes? –dijo ella ofendida. ¿Crees que estoy loca?– y se rió también, pensando que no le había contado nada de ella.

-No, no creo que estés loca. Río de felicidad. Sí, soy tuyo, o espero de corazón serlo, tómame y dispón de mí. Y de mi vida, y de todo lo que soy porque yo, lo único que deseo en este mundo, y en todos los demás mundos, es verte, sentirte, cuidarte, protegerte y ser tuyo. ¡Ojalá sea verdad!

-¡Claro que es verdad! –protestó Natalia.– Dejé a mi Padre, a Dios, para venir a buscarte y a llevarte conmigo.

-Entonces ¿qué es lo que no entiendes? Y en lo que hace a tu primera pregunta, no hay nada de particular en que la Eternidad esté al tiempo aquí y allá.¿Quién dijo que un arcángel sea superior al otro arcángel? Si un arcángel es, como dices, sólo la emanación de una parte de Dios, es tan sólo Su creación, no su hijo, Dios no es un mamífero. ¿No será que también el arcángel debe evolucionar hasta recuperar, desde esa parte, por más alta y perfecta que sea, la totalidad del ser creado y, así, convertirse en un ser completo, primigenio?

“Y lo reconocerás porque será tu maestro”, le había dicho Dios. La alegría de Natalia desbordó en un llanto quedo, lleno de plenitud.

Ahora sí entendía. Ahora todo estaba claro. Se estrechó contra ese pecho, carne suya, contra ese corazón que todo lo sabía, y se dijo: “¡Que prodigioso! ¡Hay infinitamente más amor en la mente de Dios que en todo Su corazón!”

-Y hay, infinitamente, más inteligencia en Su corazón que en toda Su mente – le respondió como un eco el latido del corazón del ser a quien había ¡al fin! encontrado.

Entonces, ambos, y Balkis también, alzaron su mirada al cielo. En pleno mediodía, y en el Mediodía de Francia, todas las estrellas tintineaban.

La risa de Dios cubría el Universo y esa risa, que sostiene el mundo, nunca jamás se acallará.

Categorías: MAT · Plenitud · Preciada Azancot

3 respuestas hasta el momento ↓

  • olivo // Junio 10, 2008 a 9:05 am | Responder

    Me gusta que Natalia recuerde, me hace sentir muy bien, ¿y a vosotr@s?. El ver el camino cumplido, un objetivo logrado sobre el que se ha esforzado sin duda ni tacha. A mi me gustaría tener esa entrega y pasión, y potencia y amor.
    besos de recuerdos olvidados
    olivo

    “Natalia recordó: recordó al Arcángel Michael, todo él turquesa, de todos los turquesas imaginables y no imaginables, bellísimo él, de cuatro metros de alto, de cuerpo astral turquesa claro, de ojos turquesa verdoso, de cabellos turquesa y oro, de alas enormes que lo podían ocultar totalmente, turquesa oscuro de todos los matices turquesa, color de gloria él.

    Recordó la tristeza de Michael, emanación de la mente de Dios, ante la estupidez humana. Recordó su indesmayable amor por ella, Natalia. Y recordó el amado y sobrecogedor rostro de su padre, Padre y Creador de todo el Universo. Y recordó los seis sistemas del Universo. Y recordó a Dios. Y recordó Su amor por ella, Natalia, y recordó las palabras de Dios y sus condiciones al despedirla. Y recordó el séquito celestial y su orden perfecto. Y lo recordó todo, mientras lloraba, sin consuelo posible.”

  • petrus // Junio 10, 2008 a 9:09 am | Responder

    En esta aventura de nuevo en la Francia francesa, Natalia formula unas preguntas importantes y esclarecedoras
    esta respuesta es magnifica y revela mucho más de lo que parece, os animais a escribir sobre esto?

    “…a tu primera pregunta, no hay nada de particular en que la Eternidad esté al tiempo aquí y allá.¿Quién dijo que un arcángel sea superior al otro arcángel? Si un arcángel es, como dices, sólo la emanación de una parte de Dios, es tan sólo Su creación, no su hijo, Dios no es un mamífero. ¿No será que también el arcángel debe evolucionar hasta recuperar, desde esa parte, por más alta y perfecta que sea, la totalidad del ser creado y, así, convertirse en un ser completo, primigenio?”

    petrus

  • olivo // Junio 10, 2008 a 9:10 am | Responder

    este es el mensaje más bonito que he sentido nunca, me hace feliz verlo escrito, y sentir que es verdad. Gracias Preciada
    olivo
    “La risa de Dios cubría el Universo y esa risa, que sostiene el mundo, nunca jamás se acallará.”

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