ADÁN TENTADOR

Por Preciada Azancot

En este derrumbe de civilización que, al tiempo que nos aflige, nos es dado vivir como oportunidad maravillosa -pues ¿acaso no lo es el estar en un planeta embarazado de un mundo más civilizado y evolucionado que el anterior?-, el tipo mayoritario de hombres que os describo en mi entrada anterior, nos termina de poner el mundo al revés: ¡YA NO ES EVA LA TENTADORA, SINO ADÁN! Y eso, muchachas y muchachos, nos podría volver a hacernos expulsar del Eden ya perdido J ; así que ¡cuidado!

Una chica joven me dijo la otra noche que lo que escribí sobre el hombre en declive, era perfectamente aplicable a hombres jóvenes, no sólo a los de la generación que, al traicionarse por despecho al fracaso de Mayo del 68, se había transformado en travesti femenino. Abrí un ojo muy investigador y atento y como tengo la fortuna de tener alumnas en edad de ser mis hijas, me confirmaron esa triste verdad.

Entonces, lo primero es hacer acto de contrición y en nombre de las mujeres que se apunten, pedirles perdón, por lo que las chicas que se prestaron a ser hembras cómodas y victimistas durante cinco milenios de dictadura masculina aceptaron: ser contrincantes silenciosas y astutas en vez de mujeres plenas, amorosas y valientes que, más allá de su sexo, ven en sí a un ser humano íntegro y pleno, completo y así complementario del hombre verdadero, que no del macho grotesco que les habrá tocado recibir en suerte. Me temo que hablo de la mayoría de las mujeres que eligieron ser hembras en vez de mujeres. Las mismas que optaron por ser travestis masculinos a la hora de ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad yupi.

Y lo segundo que toca, sería describir al Adán Tentador y descodificar la voz de la serpiente de finales del siglo XX, pues, afortunadamente, ni ellos ni ellas viven el siglo XXI:

El que el hombre se quite edad es una invitación a que la mujer, en vez de disfrutar de la vida, comer y beber lo que le apetece y dejar de supliciarse en el gimnasio, se pase la vida en el cirujano estético en vez de sentirse orgullosa de las marcas que la edad van dejando para dulcificar y embellecer un rostro y un cuerpo patinados y con solera que muestran que han vivido, construido, dejado tras de sí un mundo mejor del que encontraron y que sienten cariño por las jovencitas pero que jamás desearían cambiarse por unas principiantas a quienes les queda aún todo por hacer, pero sobre todo por crecer, es decir, por SER.

El que ese tipo de hombre espere a que la mujer lo llame, lo corteje y lo seduzca, es sólo un admitir que a fuerza de competir y de invertir la prioridad de lo esencial y de lo accesorio, dando prioridad a lo segundo (pues el trabajo lo es) se les ha olvidado que eran hombres y que se transformaron en máquinas como las que pretender controlar, con lo cual olvidaron que habrían podido ser hombre, es decir, el admirador y adorador de lo femenino, el que disfruta de evidenciarlo y de actuarlo, tanto como el de lograr ganar y conservar el corazón de la mujer soñada. La hembra que siente que se ha vuelto libre y poderosa porque es ella y sólo ella la que ha de elegir, cortejar y seducir a su macho, se encontrará, una vez logrado su supuesto trofeo, con un cansado abuelo achacoso a quien cuidar, motivar y animar. Y entenderá que ha renunciado a su potencia –esa misma capaz de insuflar ilusión y vida en el amado y en sí- a cambio de una ilusión que se llama “poder”.

La mujer creadora e inteligente que se vea invitada a disculparse por su grandeza y a extasiarse sobre los patéticos trofeos nostálgicos de un pelma que perdió hasta la capacidad de admirar lo que le supera, movida por el temor a perder al candidato a pareja y a quedarse sola, se vería condenada al ostracismo, a la clandestinidad, al exilio en su propia casa, y tendría la envidiable vida de un prisionero de guerra o de un esclavo en la antigüedad. Y descubriría con horror que no le bastaría dejar de hablar de lo grande suyo, sino que tendría que admitir que cada vez que se tocaran los temas en los cuales es grande, se verá tratada de “rara”, o peor, de “loquita” por un ignorante resentido por haber sido puesto involuntariamente en evidencia el mismo día en que descubrió y negó la grandeza de su víctima consentidora y silenciada. Y si hay maltrato psicológico, este es el peor de todos.

La mujer que se sienta acomplejada y poco deseable porque no se parece a un efebo sepultado bajo sus afeites, que inventaron modistos cuyas inclinaciones sexuales no eran definitivamente ortodoxas, ha de aceptar una muy dolorosa verdad: a su pareja tampoco le van las mujeres, pero como no tiene el valor de optar por una pareja de su mismo sexo, se vengará toda su vida sobre ella, por más flaca, alta, afectada y amanerada que decida ser para complacerle. Lo que odiará de ella es sólo una cosa: que sea mujer y no el efebo de sus sueños. O de su decadencia.

Y el que la mujer vea, como algo bello, justo, gratificante, el tener en su cama –aunque, excepcionalmente, esté enamorado y decida no ser su mantenido- a un hombre veinte años menor que ella, se verá condenada, por más juvenil y preciosa que sea, a apagar las luces para disimular que sus carnes ya no son turgentes ni su piel tan lisa como las de su hombre, que, se supone está en el mundo para adorarla y encontrar en ella a la niña eterna. Y, peor que eso, cuando esté en público y vea pasar a una chica veinte años menor, sentirá envidia, miedo, complejos de inseguridad, y lo que es peor aún, sentirá que no ha sido capaz de encontrar a su hombre verdadero y haberse visto condenada a involucionar y deber repetir los deberes ya hechos, como el que redobla la clase, poniendo cara de felicidad e de ilusión, además, por volver a hacer lo que ya hizo, y muy bien, en su inmediato pasado. A cada edad su realidad y una vez ya terminada, se va a mejor, nunca a peor. Mientras vea a sus amigas vivir la plácida y auténtica relación que se quiere eterna y se llama amor de pareja, ella temblará en su realidad de provisionalidad. Será como un condenado a muerte en el corredor, esperando a que lo llamen porque llegó su fin.

Y, lo más importante: ¿cuál es la amenaza subliminal y no sólo subliminal a la mujer que no se someta a esas aberrantes pretensiones de neo-esclavitud? ¡la de quedarse sola! Y aquí está la mayor mentira. Las mujeres siempre han estado solas, y hasta nos acostumbramos a necesitar y amar esa soledad. Los hombres no la soportan y a mayor edad, más fobia le tienen a la soledad, tanto, que nos intentan pasar ese pavor a nosotras. La mujer ha estado sola cuando fue niña y debió ocuparse como madre de sus hermanos varones, estuvo sola de casada, y de madre, porque más importante que ella era el trabajo de su hombre, ha estado sola porque los hombres deciden morirse cada vez que deben enfrentar la intimidad de estar a solas con su pareja y de jubilarse, ha estado sola porque los hombres han dejado de ser caballerosos y pasan delante de ella por la puerta de la muerte, cinco años antes dicen las estadísticas. Por favor, no caigáis en creer que si no aceptáis ser el efebo fraudulento de un macho, os quedaréis solas, pues esa sería la peor de las mentiras y la expulsión segunda del Edén. Es decir, de la Dignidad intacta de haber podido llegar hasta aquí y sola, creyendo estar acompañada.

Sí, es así de tragi-cómico este final de civilización, amiguitos, pero aquí seguimos. Y todo lo bello está frente a nuestras narices, sólo hay que apartar algunos trastos que nos ocultan el luminoso horizonte. Y si este trabajo –ese sí, solitario- lo hacemos con sentido del humor, mejor que mejor.

Un beso a todos.

Preciada.

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2 Respuestas a “ADÁN TENTADOR

  1. Por Dios, ¡otros cinco mil años, ahora con Adán, no!

    No nos podemos permitir no aprovechar esta oportunidad que nos ofrece esta ventana de tiempo, con una civilización decadente haciendo aguas por todos los lados, para apuntalar una definitiva (y deseada) reconciliación entre hombre y mujer.

    Porque nos lo hemos ganado, aprendiendo al menos por lo que NO debe ser, por lo que no ha funcionado, ahora toca que mujer y hombre convivamos juntos en libertad, paz y armonía recuperando así, nuestro derecho a vivir en el Paraíso.

    Muchas gracias, querida Preciada, por esta maravillosa visión que nos da esperanza y luz de por dónde hemos de ir.

    Juanjo

  2. El miedo a estar solos me recuerda al miedo a algo que no nos deja dormir. ¿Qué ocurre cuando ese algo son las consecuencias de esa falta de descanso? pues que se convierte en un círculo vicioso: cada minuto que paso sin dormir, más cansado estaré mañana, por lo que más miedo tendré, por lo que más difícil será dormir. Sólo cuando uno se convence de que no hay nada que hacer, por ejemplo cuando es hora de levantarse, es cuando se queda dormido.

    El miedo a la soledad nos precipitaría a la hora de buscar, la calma que produce la tristeza por estar solos sí nos ayuda a buscar bien.

    Estar mal acompañado reduce las situaciones de encontrar a una buena pareja y el tiempo que se puede dedicar a buscarla.

    Encontrar una buena pareja no depende sólo de lo que uno mismo sea o haga.

    Dejar de ser uno mismo para encontrar pareja nos llevaría a encontrar a alguien para ese personaje, lo que nos dejaría entre la espada y la pared: o mantenemos el personaje o nos volvemos a quedar solos.

    La búsqueda bien hecha mejora el propio proceso de búsqueda.
    Si queremos encontrar pareja… hay que seguir buscando 🙂