LA GUERRA ES LA MAYOR DE LAS DERROTAS

Por Preciada Azancot

Preciada Azancot - 2014

Preciada Azancot – 2014

Declarar la guerra es la constatación de un fracaso, de un colapso interior de todos los valores, sentimientos y esencias elevadas que nos hacen criaturas perfectas abocados a la plenitud, al amor, al crecimiento, al liderazgo de nuestra propia vida, a la culturalización de la sociedad, a la preservación y desarrollo de lo vivo y a la armonía de la seguridad de fluir en paz y en libertad.

Y si esa guerra se hace, a cualquier nivel (social, económico, político, militar o psicológico) contra lo ético, lo claro e inteligente, lo culto y justo, lo digno y civilizado, lo amoroso y benévolo, lo afirmativo y luminoso, ya estamos en el crimen contra la Humanidad y en el genocidio de los más inocentes. Convocamos entonces la barbarie y las tinieblas y éstas acuden ávidas a cubrir la faz de la tierra y confunden el sentido de la orientación de los más honestos y pacíficos ciudadanos.

Y si esa guerra ya es bautizada con lo antagónico de su nombre y en vez de Demoniaca, es llamada Santa -sea ésta la que sea y venga de quien venga- ya convocamos a los demonios de abajo para llamarlos ángeles y entronizamos a los despechados, los envidiosos, los negadores de la luz para llamarlos salvadores y civilizadores. Seguimos, ciegamente fanatizados y sectarios, a los hacedores de agujeros negros y perseguimos y odiamos la luz y la paz de fluir en inocente libertad.

Ninguna guerra es santa, y toda guerra es destructora de lo mejor de sí-mismo primero, de lo mejor del otro, después. Sólo es santa la armonía, la inmortalidad de lo claro, la astralidad de lo vital curativo, la eternidad de lo grande y elevado, la ubicuidad de la pasión por el alma inocente y pura, la infinitud de la verdad como fuente luminosa y cristalina de la plenitud, de la libertad y de la PAZ. Sólo eso es Santo y Sagrado, por ende.

¿Y la legítima defensa entonces, cuando nos vemos atacados por los constructores de las tinieblas? La legítima defensa es un amarguísimo deber que, cuando se es justo y pacífico, se vive con negro luto en el alma -¿acaso no nos preparamos a enterrar a niños, a bellezas destruidas, a vida palpitante y preciosa, sea esta propia o la de nuestros atacantes?- con desespero y aflicción, con horror por la sangre vertida y por verter, con el exilio de la inocencia y de la vida en sí-mismo. Rezando, rezando, eso sí, por la sonrisa de reconciliación y por el renacer de la esperanza en la luz.

Por eso, Atenea, Minerva, diosa de la Guerra, es a la vez diosa de la Sabiduría y toda su energía se concentra -cuando la guerra defensiva es inevitable-, en tan sólo paralizar el brazo armado de los que están confundidos, para que se hielen de horror ante esa pesadilla que estaban convocando y agradezcan, abrazando a sus hijos y a su propia naturaleza benigna y compasiva, el haber recuperado la cordura sin ver verter una sola gota de sangre. Entonces nace la sonrisa de la reconciliación: consigo inaplazablemente, y con el otro a quien se pide perdón de todo corazón, viéndose lavado y rebautizado en su sonrisa acogedora. Jamás hemos estado tan sedientos de Atenea y de su Sabiduría.

Preciada Azancot, 29 Jul de 2014

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