EL ESPLENDOR DE LO HUMANO, día 13: LA SEPTIMA ESTRUCTURA: EL CENTRO

Extracto del libro “EL ESPLENDOR DE LO HUMANO”,  de Preciada Azancot
©Preciada Azancot

En el diagrama de los ejes, podemos observar que éstos se cruzan todos en el centro del círculo que representa nuestra personalidad integrada. Este centro es nuestra séptima estructura. En el cuerpo esta estructura está localizada en nuestro ombligo. En la formación del feto, esta estructura, que llamamos en el MAT, sencillamente, EL CENTRO, permitió la formación del cordón umbilical que nos unió a nuestra madre y nos garantizó recibir de ella todos los elementos y nutrientes que nos posibilitaron desarrollarnos y nacer. En cuanto nacimos, se nos cortó ese cordón para permitirnos ser autónomos y existir por nosotros mismos. Todo apuntaría a creer que este centro nuestro había dejado de cumplir su función, pero, al revés, es la más importante de nuestras estructuras. Tiene una importancia y una jerarquía mayor que todas las demás.

Los Ejes MAT - Preciada Azancot

Los Ejes MAT – Preciada Azancot

La función del Centro es doble: la de permitir centrarnos y la de recibir la totalidad del universo y las dimensiones que, como humanos, no poseemos. En cada inspiración recibimos toda esa gloria y todo ese esplendor. En cada expiración las hacemos penetrar en nosotros, a la vez que expulsamos todo lo malo que no nos puede servir.
Para que esta estructura funcione, ha de conservarse totalmente vacía y sin ninguna emoción así como sin ningún sentido. Tampoco tiene color, pues es transparente.
Para estar perfectamente centrados, el Centro debe permanecer fijo e inmóvil. De esta manera impide que los ejes se muevan y que sus puntas dejen de estar perfectamente ubicadas sobre sus seis respectivas emociones, sin correr el riesgo de desplazarse a otras emociones. A la vez, la fijeza del centro permite que la punta de los ejes crezca a medida que el cono de la secuencia se ensancha, garantizándonos de este modo el ajuste inmediato de las vigas que sostienen nuestra estructura, garantizándonos así la solidez y talla real de nuestra estructura. Esta es la razón de que los ejes se descubren después de la secuencia aunque, en el tiempo sean los primeros. En efecto, si los ejes crecieran y arrastraran el ensanchamiento del cono producto de la secuencia propia de la hiperconexión, sentiríamos una imposición a crecer que mermaría nuestra libertad de elegir, en cada momento, si queremos ser más grandes y mejores o si elegimos detenernos. Los ejes serían más anchos que nuestra elevación real y el cono podría, o bien derrumbarse, o bien deber crecer por obligación. Eso nos haría siervos del crecimiento y no orgullosos conquistadores de nuestra talla libremente decidida. Si, por lo contrario, los ejes estuvieran fijados a sus respectivas emociones, nuestro crecimiento se haría con sufrimientos y sacudidas innecesarias, como un pie de niño metido en un zapato que le quedó estrecho y que le duele hasta que se le compre otro de una talla superior. Además, si los ejes crecieran primero, sentiríamos la obligatoriedad de crecer en la misma proporción, al mismo ritmo, y en el mismo tiempo en cada una de las emociones binarias de cada eje. Todo ello se evita cuando cada emoción está liberada y podemos elegir, según las necesidades y las vocaciones que tengamos, hacer crecer el eje que queramos y, dentro de ese eje, privilegiar la emoción que más necesitemos. Con lo cual existen tantas formas y configuraciones de personas culminadas como se desee y cada cual conserva su diferencia y unicidad. Todas diferentes, todas maravillosas, todas únicas. Y todo ello porque el centro es fijo y cada cual crece a su ritmo y a su aire.
La relación de una persona con su Centro se vuelve consciente en la fase que sigue al final de proceso de hiperconexión. Así el Centro, además de consciente, se vuelve operativo. Se manifiesta como una gran luz blanca a la cual accede la persona que descubre la vivencia de la trascendencia. Esa vivencia es diferente del funcionamiento del Orientador, que capta la verdad de la existencia de lo trascendente en cualquier momento de nuestro crecimiento y puede tener revelaciones sagradas de tipo fugaz e instantáneo. El Orientador opera como un gran telescopio orientado hacia lo infinito, que puede captar, con total certeza, la verdad de la realidad trascendente y espiritual. Esto, en una persona sana, debería ser una experiencia múltiple y cotidiana, como la de cualquiera de nuestras seis estructuras de personalidad. Es nuestra dimensión espiritual y la compartimos con todo lo existente en el universo.
La vivencia de la trascendencia, el descubrimiento de nuestro Centro, sólo llega después del proceso de un proceso de seis fases que sigue al de la la hiperconexión y se llama proceso de trascendencia. Se manifiesta por esa luz blanca que podemos presentir antes, convocar y hacer nuestra a través de la meditación, porque tenemos un Centro desde nuestra gestación, pero que ni es nuestra ni está, conscientemente, dentro de nosotros antes de la fase de trascendencia. Esta fase no es la culminación de nuestro crecimiento como ser humano sino, por lo contrario, su comienzo. No es materia de este libro el tratar del camino de crecimiento que se inicia entonces. Nuestro libro, este, termina en la hiperconexión. En la fase de Trascendencia tenemos, por primera vez, un contacto auténtico y objetivo con Dios a través de la primera de sus manifestaciones reales: la luz blanca de nuestra inocencia de niño que se relaciona de manera natural, objetiva, material, serena, vivencial y tranquila con su Creador.
Sólo queremos dejar claro algunas cosas, sobre todo en un siglo donde los gurús y los iluminados van a proliferar: el MAT no es una religión, sino una ciencia exacta. El MAT analiza y diagnostica las religiones como parte del Orientador del ser humano, pero jamás de los jamases lleva a una religión. Es ciencia e instrumento de análisis y mejora de todas las ciencias humanas. Nada más. Por lo demás, el MAT analiza y respeta a todas las religiones y a todos los religiosos. Pararse en el camino que sigue a la fase de Culminación (materia que no es de éste libro) es caer en la tentación de fundar nuevas religiones. Eso será problema de los que deseen colocar su narcisismo o su ingenuidad por encima de su Centro y por encima del de los incautos que elijan seguirlo. No es ni será jamás nuestro problema.
Clarificado este aspecto, la fase de trascendencia nos revela la existencia de este Centro como la mayor y más importante de nuestras estructuras humanas. Es la estructura que introduce la relación y la comunicación con lo divino Y CON SU DESIGNO DE EVOLUCIÓN. Es una relación Yo-Tú con la divinidad. Y Dios no es un Ser que se capte por ninguna de nuestras estructuras. Se accede a su conocimiento parcial a través de la función trascendente de cada una de nuestras estructuras: a su armonía por nuestro Rector, a su claridad por nuestro Sintetizador, a su corporalidad por nuestro Vitalizador, a su metamorfosis incesante por nuestro Transformador, a su alma por nuestro Protector, a su espíritu por nuestro Orientador, y a su relación con su obra por nuestro Centro. Nosotros tenemos siete dimensiones. Las dimensiones de Dios nadie las puede conocer, al menos, no todas. Pero, desde luego, el que accede al dominio de sus siete dimensiones y se adentra en su propio conocimiento sabe de lo finito y de lo relativo de su estatura.
Para que el Centro funcione y cumpla con su función principal, la de ser nuestro cordón umbilical con Dios o con lo trascendente (poco importa cómo lo podamos y queramos llamar: EVOLUCIÓN por ejemplo, puesto que si fuera cierto que bajamos del mono hemos conseguido, los humanos, pasar de una estructura de cinco dimensiones a una de seis con seis emociones, y de algún lugar la hemos sacado y ese lugar es el Centro), hay un solo requisito: que la estructura esté total y completamente vacía. Si pretendemos poner cualquiera de nuestras estructuras, cualquiera de nuestras emociones o cualquiera de nuestros sentidos en el Centro, sólo tendremos locura y confusión. Nuestro narcisismo, origen y causa de todos los males, nos hará, a más de locos, tóxicos para los demás. Y la razón es muy sencilla: si ponemos, en la estructura que nos sirve para recibir las infinitas dimensiones que no poseemos los humanos, una de nuestras seis, nos consideraremos Dios y creadores del universo y de su finalidad. Con lo cual, primero deliramos, y, segundo, dejamos de recibir esa maravilla de conocimiento, energía y sabiduría que estamos diseñados para recibir. Volviendo a la concepción evolucionista con la cual no estamos en pelea sino en debate científico, si la damos por válida, la evolución requiere que, en algún momento de la historia, pasemos de seis dimensiones a siete dimensiones, y luego a ocho, y luego a nueve, etc. ¡Fantástico! Pero la única manera de lograrlo es no poniendo ninguna de las que ya tenemos en el lugar de la estructura que recibe las que no tenemos.
Durante el siglo XX estuvo de moda, por razones científicas MAT, poner en ese Centro el orgullo, porque estuvimos en un siglo Promotor, para quien la cúspide de su pirámide de hiperconexión es el orgullo. El siglo XXI será, inevitablemente, un siglo Reactivador, que pondrá la cima de su pirámide en el Centro. Eso es el espíritu, la alegría, la percepción directa y personal de lo sagrado. Mismo error. De ese tema trataremos con profundidad en la última parte de esta obra. El siglo XXI será, a la vez, un siglo de proliferación de religiones (por la cantidad de experienciaciones directas que van a inflacionar el espíritu humano, colocado en el Centro) y una propuesta de progreso a través, entre otras cosas, el MAT por ejemplo, del final de las religiones.
Después de esta introducción al conocimiento de las emociones que garantizan la energetización de la estructura que tanto amor nos ocasionó, accedemos a la alegría auténtica: la de recibir un regalo milagroso e inesperado, inaudito: tenemos todo lo que necesitamos tener para ser humanos verdaderos, y esa instalación prodigiosa, nuestra estructura, está diseñada de manera admirable para funcionar a plenitud y crecer hasta el infinito.

El Esplendor de lo Humano - Preciada Azancot

El Esplendor de lo Humano – Preciada Azancot

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