Premios Princesa de Asturias 2015

Esta tarde estuve atendiendo, con honda satisfacción, la totalidad de la ceremonia de los premios Princesa de Asturias. Satisfacción, porque realidades así, en el entorno enloquecido en el que vivimos los terrícolas, son realmente gratificantes y esperanzadoras, pues de tanto atender los sobresaltos de la actualidad horrenda, a veces uno desespera sobre el género humano. Hoy, lo que será la normalidad mundial dentro de dos años, existía ya y hacía retroceder el sentimiento de soledad y el desespero de la espera.

Premios Princesa de Asturias 2015. Fuente: fpa.es

Premios Princesa de Asturias 2015. Fuente: fpa.es

Una vez más, tanto los galardonados como los anfitriones, estuvieron al máximo nivel de lo admirable El Premio Príncipe de Asturias, hoy Princesa de Asturias para marcar también el Milenio de la Mujer que ha de ser el Tercer milenio, siempre me pareció superior al Premio Nobel, pues no adolece del talante oportunista y politiquero -en el peor sentido, el de la ONU y similares- de éste y está mucho mejor en sintonía con lo pionero, puntero y emergente de lo más valioso de la sociedad y demuestra siempre que esa juventud, nunca es cuestión de edad. El humanismo innovador y civilizador que aspira a la pacificación, está siempre presente y es su criterio inaplazable e impostergable.

La presencia de la Reina Madre, siempre tan regia, cálida y discreta, aseguraba el continuo armonioso entre el ayer que nos trajo la dignidad, la democracia, la internacionalidad y el hoy que está de parto de un Mundo Nuevo, mientras que el nombre del premio, hoy “Princesa”, vaticinaba el mañana y con él, el advenimiento del alma colectiva de hermandad solidaria, oceánica.

Todos los discursos de los galardonados fueron preciosos -el de Humanidades tal vez algo plomizo y ampuloso, si bien universal y Europeo-, pero el más extraordinario, fue el discurso de Rey: primero, por su expresión y lenguaje corporal: si había un ideal de firmeza, dignidad, madurez, calidez y prestancia, allí estaba encarnado. Segundo, porque jamás había visto a un Rey expresar tanta gratitud y cálida admiración -tan personalizada y sensible- a cada uno de los galardonados. Ya éstos eran importantes, pero él los convirtió en grandes. Y hay que ser muy Rey para lograr eso y saber borrarse tan pormenorizada y largamente ante cada uno de los premiados. Muy humano y amoroso también. Y tercero, porque sintetizó, con una autenticidad y sinceridad imposibles de fingir, la sociedad y la España sobre la cual quiere reinar y a la que quiere servir: su “¡Que nadie construya muros con los sentimientos!” puso a todos en pie en una inacabable ovación. Hoy ha sido un día precioso.

Preciada Azancot, 23Reina  de octubre de 2015

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