Archivo diario: 11 diciembre, 2015

Impresentable Tweet de Marta Rivera, de Ciudadanos

El Tweet de Marta Rivera en Tweeter:

Teewt de Marta Rivera. Fuente: https://twitter.com

Teewt de Marta Rivera. Fuente: https://twitter.com

https://twitter.com/MartaRiveraCruz/status/483729801988284416

Esta es del tipo de gentuza empecinada en tener razón, contra más monstruosidades afirmaba en el debate, tales como que el maltrato machista no es más grave ni profundo que el de las mujeres a los hombres o que hay justificación alguna al nazismo, y mucho menos “explicación política”.

La vi en el debate y sólo puedo diagnosticar que parece una BURRA porque es una burra. Y si una burra, como es su caso, se empeña en echar pulsos para tener razón por porfiada y va de ilustrada, y si como supremo agravante representa un partido político emergente que se presenta como el que aporta un equipo genial con soluciones vanguardistas, sólo puedo decir: ¡”SEÑOR RIVERA, O EXPULSA DE INMEDIATO DE SUS FILAS A ESTA IMPRESENTABLE O VA A PERDER MUCHOS VOTOS, ADEMÁS DEL MÍO!”.

El hecho de llevar el mismo apellido ¿significa algún tipo de parentesco entre ustedes?, porque si fuera el caso, con más razón debería limpiar sus filas.

Esperamos su inaplazable y urgente respuesta, señor Rivera.

Preciada Azancot, 11 de Diciembre de 2015

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La niña de las luces

Queridos amigos, aquí os dejo un cuento que en su día escribí pensando en el perfil de personalidad, en el ser profundo y en los anhelos del siglo XXI, que son también -nada es casual y según lo percibo- los de la Diáspora Judía. Muchas veces un cuento logra transmitir mejor que nada un testimonio, una opción, un camino de crecimiento. Con esa esperanza y con mucho amor, os deseo a todos un día lo más luminoso posible.

Preciada Azancot, Diciembre de 2015

LA NIÑA DE LAS LUCES

Cuentos de la abuela - La niña de luz, dibujo de Preciada Azancot

Cuentos de la abuela – La niña de las luces, dibujo de Preciada Azancot

Sonia había nacido, al menos así lo creyó siempre, de un malentendido. La mayoría de los niños nacen de un papá y de una mamá, pero éste no fue su caso. Veréis: su padre, jefe del poblado donde nació, quería un hijo varón, pues ya se sentía viejo y como era muy tragón, también era muy gordo y su enorme barriga le estorbaba para los quehaceres propios de un brujo que se precie. Así que, cuando su joven esposa –la sexta que él había desposado, pues las demás se le morían durante la luna de miel- le anunció su embarazo, él, como buen brujo, vaticinó que estaba seguro de ver ya a su hijo, un varoncito en todo igual a él. Y aunque su propia madre, partera del pueblo, le sugirió que percibía signos inequívocos de que sería niña, él la mandó a callar, pues ante él ninguna mujer podía abrir el pico, así le dijo, y mucho menos para cuestionar sus dotes de videncia. Así que apostó ante todos sus amigotes y ante ellos juró que, a su bebé, le cedería su fortuna y su corona de máxima autoridad del poblado, en cuanto cumpliera los quince años. Eso no agradó nada a su joven esposa, experta en artes brujiles, otras ataduras y encantamientos, que había seducido a su esposo justamente para asentar su propio poder, enterrarlo lo antes posible y quedarse con sus inmensos bienes, todos extorsionados a los aterrados aldeaños, y con su título de hechicero mayor, máxima jerarquía de poderío en el poblado. Con lo cual, como es lógico de entender, consideraba el nacimiento de ese retoño como gran amenaza para ella. A escondidas, practicó todos los sortilegios que conocía para que ese bebé suyo no naciera. Cada día lo maldecía y le ordenaba que muriese. Pero de nada le valió, pues éste estaba bien aferrado a la vida. Nació. Era una preciosa niña, muy dócil y complaciente, de grandes ojos verdes y de cabellos de un negro profundo y brillante como el azabache. Todos recordaban, con sobrecogimiento y desconfianza, que la niña salió riendo y que, en cuanto miró el fulgor de las grandes tijeras de su abuela que cortaban el cordón umbilical, rió mas fuerte, y que sólo lloró cuando la depositaron en las despechadas manos de su mamá. Pero todos recordaban también que la recién nacida dejó de llorar para siempre tras ese primer llanto. Con ello el bebé, a ojos del poblado, confirmaba que había llegado a la vida con poderes. Inmediatamente de nacida, fue mirada con hostilidad por sus progenitores. Y cada día se arreglaban para dejarle muy claro que su culpa no podía ser borrada con ningún esfuerzo que hiciera para agradarles, sino con su desaparición física, pues molestaba a todos por el simple hecho de existir. No es de extrañar entonces que la niña fuese algo melancólica durante su más tierna niñez. Afortunadamente, vivió, siempre que podía, con su callada abuela.

Pero no es lo ya contado, nada extraordinario por lo demás, lo más importante de lo que os quiero relatar. Lo relevante de este relato es la historia del poblado en sí, fundado, de padres a hijos, por los antepasados de Sonia, todos hechiceros mayores: sí, pues este poblado se encontraba situado a muchos metros bajo tierra, precisamente porque así no podría entrar ninguna luz. Y es que la religión oficial que todo el poblado seguía, fundada desde tiempos inmemoriales por los abuelos de los abuelos de los abuelos de Sonia, se basaba justamente sobre el odio a la luz.

La luz representaba para ellos el mal, todo el mal, y el enemigo mayor. Por ejemplo, cuando un padre bendecía a sus hijos, solía decirle: “¡ Que toda luz se aleje de ti en tu vida y que las tinieblas te amparen y te inunden!” Así, para este poblado, la luz era lo abominable, y, con ella, todo lo que ésta representaba, como por ejemplo la claridad mental, la verdad, la belleza, la bondad, la vida en suma.

Una sola vez al año, por Vanidad -así se llamaba ese día en el calendario del poblado-, se encendían luces de velas -esas sí, negras- para prestar juramento de odiar la luz por encima de todos los odios múltiples y personales, que se veían tan bien entre los nativos de ese reino de abajo. El día de Vanidad era la fiesta más notable del poblado, y solía coincidir con el solsticio de invierno, cuando la oscuridad era más grande sobre la tierra, cuando los días se hacían más cortos y las noches más largas y frías. El brujo solía presentar ese fenómeno como prueba del inmenso poder del poblado, y más precisamente, del brujo del poblado, sobre los habitantes de arriba. Y, como nadie podía averiguarlo, cada año pretendía que, gracias a sus poderes, el invierno duraría un día más que el año anterior, para los humanos. Esta fiesta, en verdad, era algo más compleja y las celebraciones preparatorias duraban varias semanas y seguían patrones muy precisos que os enumero y explico a continuación. Ante todo, se elegía, tres meses antes, a una joven doncella de trece años, anteriormente preparada por el hechicero, y se la enviaba, bien tapada y con grandes gafas negras, al mundo de arriba, con la misión de reclutar adeptos y nuevos lugareños que habitarían de ahora en adelante en el poblado. La niña estaba preparada y adiestrada para esconderse en una cueva oscura durante el día y sólo salir durante las frías noches, sin quitarse, por supuesto, las gafas negras, pues cualquier luz, aunque fuera artificial, podría mancillarla. También estaba muy entrenada para distinguir a los habitantes del planeta que odiaban la luz, y con ella, la verdad, la belleza, la claridad mental, y todo lo que sus correligionarios detestaban con fervor. Y la víspera de Vanidad, la muchacha regresaba con muchísimos adeptos, encantados de pertenecer a esa gente con quienes sentían tantas afinidades e ignoraban que existieran, además de sí mismos. Cuando éstos llegaban, se encendían las velas negras, una por cada nuevo aspirante, y cada cual contaba las razones por las cuales merecía, a su criterio, pertenecer a ese poblado, y se les sometía a interrogatorios muy complicados y enrevesados para verificar su odio a la luz, a la claridad mental, a la verdad, a la belleza, a la limpieza y a todo lo alto y bueno, pues no querían que se les infiltraran indeseables. A los que aprobaban el examen, se les permitía apagar su vela, y a los que no, se les quemaba la lengua y los ojos con la suya, antes de degollarlos y comerlos durante el festín de Vanidad. Entonces, todos se regocijaban y vitoreaban, mientras el brujo aplastaba la luz de la vela de un manotazo y, tras comerse el corazón de la víctima, se la pasaba al cocinero oficial para que la guisara con raíces putrefactas y gusanos, plato tradicional de la Vanidad. En el reino de abajo, los únicos animales domésticos que aceptaban dejar vivir eran las ratas, los gusanos, así como los murciélagos. A los mosquitos, insectos sagrados, se les llamaba “hermanos”.

Todo esto que os cuento no tendría especial interés para nadie si justamente, la heredera de la corona -que en realidad era un casco fabricado con alas de mosquito caídos en el ejercicio del deber y muertos de indigestión, de colmillos de ratas, de alas de los murciélagos más consagrados, pues capaces de chupar más sangre, y de ojos secados arrancados a los aspirantes desenmascarados- Sonia, no estuviera planteándose, y muy en serio, su obligación de escapar y de condenarse, por maligna y traicionera, al exilio de su amado reino. Pues, vamos a ver: ¿acaso no era prueba de su maldad, de su indignidad para asumir la corona paterna, el no odiar a sus padres sino sentir hacia ellos un devoto e indesmayable amor? ¿Acaso no era por ese crimen que ahorcaban a sus conciudadanos espías y traidores? ¿Acaso no era prueba de la negrura de su alma el que se negara a comer la cena de Vanidad, y, en vez de celebrarla, enfermarse y vomitar año tras año a la hora de cenar? ¿Acaso, y mucho más grave aún, no era una desagradecida y una traicionera si sus padres cada día la maldecían, la humillaban y la hostigaban, tal y como los mejores padres han de hacer? Y, mucho peor que todo esto, ¿acaso podía seguir intentando ocultar que veneraba y adoraba la luz, todo tipo de luces, y lo que ello conllevaba de amor por la claridad mental, por la compasión, por la verdad –allí sí que se sentía máximamente culpable, pues más que veneración, sentía por ésta pasión- y que esperaba todo el año la llegada de la Vanidad para adorar las luces de las velas?, y, más alarmante que todo esto, ¿podía negarse que en todo caso, los signos físicos la delataban, para su gran vergüenza, y que sus ojos, aunque acostumbrados, como los de nadie, a ver en la oscuridad, brillaban con una luz cegadora, que su piel, aun privada de luz, resplandecía, que su corazón todo, lo entregaba a cada impostor sacrificado el día de Vanidad? No, esa tortura, la niña de ¡ya diez años! no la podía acallar, ni durante el oscurísimo día, ni durante la insomne noche. Y lo que menos podía tolerar era que degollaran, tras supliciarlos, a personas que adoraban la mentira, la injusticia, la profanación de la verdad, pero que aún dudarían en comerse a un hijo que amara la luz, y que a ella, por el único hecho de haber nacido allí, de ser hija del jefe supremo y de la hechicera mayor, la dejaran impune y viva.

Entonces, Sonia pensó en su prometido, el viejo y sucio, aunque rico, sacerdote al cual su padre la había apalabrado en matrimonio, y se dijo que, tal vez así, entregándose a entender y aplicar, en cuerpo y alma, sus sagradas enseñanzas, podría mejorar y volverse más digna de quedarse con su gente. Y durante tres largos años, lo intentó con todo su corazón. Retenía las arcadas de asco que le producía la cercanía de su prometido, le preparaba comidas a su gusto, que jamás pudo comer con él, porque le daban mucho asco. Lo servía como la más fiel de las esclavas. Pero aun así fracasó en aprender a sentir odio en su corazón, en abominar de la luz y de todo lo que ésta implicaba: la claridad mental, la verdad, la belleza, la autenticidad en suma.

Entonces se arrodilló ante sus padres y les suplicó que la dejaran ir al mundo de arriba, a buscar habitantes para el mundo de abajo que ella traería para la víspera del día de Vanidad. Pero ellos se negaron, indignados, pues no la consideraban digna de ser elegida para tan alta misión. Y Sonia les dio la razón desde el fondo de su afligido corazón. Y fue a ver a la única persona en el mundo a quien parecía importarle un poquito, a su abuela, y recordó que ésta había dejado de hablar desde el día de su nacimiento. Ni una palabra había salido desde entonces de la boca sellada de la anciana, que seguía dedicándose sin embargo a su oficio de partera. A Sonia, lo que más le gustaba en el mundo era ayudarla a traer al mundo a niños nuevos. Y cada vez que presenciaba un nacimiento, sus ojos adquirían más luz.

Encontró a la abuela en su casa, amasando una torta de queso y miel. Pues esos habitantes de abajo, que sólo comían carne humana en Vanidad, ayudados por su ejército de ratas y murciélagos domesticados, procedían a saquear periódicamente las despensas, tiendas y graneros de los humanos terrícolas. Pero eso, sí, seleccionando a los mejores, los más nobles, los más entrañables y luminosos, para así tener además un argumento ideológico que justificara sus fechorías y les diera un maquillaje de simple lucha entre valores; en definitiva, todos subjetivos y opinables ¿verdad?
Sonia sólo comía en casa de su abuela, pues ésta, en secreto, le solía preparar manjares reputados impuros por la religión paterna. Ya os conté en efecto que esa gente sólo apreciaba lo podrido, los gusanos, ratas y muerciélagos. A veces hacían la concesión de comerse alguna hiena o algún buitre ya descompuesto que se encontraban en sus nocturnas incursiones de saqueo por el mundo de arriba. Las exquisiteces las solían dar a las ratas, a los mosquitos y murciélagos.

Así, Sonia, mientras comía con gratitud su torta de queso y miel, le contó a su abuela, abriéndole su corazón, todas sus desgracias, y se confesó ante ella, presentándose sinceramente como la más perversa e ingrata de las niñas. Y añadió a su espantada abuela: “¡Y, he de confesar también, abuelita, que te amo como a nadie, porque tú también tienes luz en tus ojos!”. Entonces, la pobre abuela cayó muerta del disgusto. Era todo lo que faltaba para convencer a Sonia de su maldad irredimible. Y, cuando hubo llorado todas las lágrimas que en sus trece años no había podido derramar, besó las frías mejillas de su abuela y escapó al mundo de arriba, a entregarse como la peor de las peores, y a morir por sus culpas. Tal era su intención. Y, por si fuera poco, era aún pleno día cuando llegó al bosque más cercano a la salida del túnel que conducía a su poblado subterráneo.

Pudo comprobar por fin su terrible maldad: Sí, se arrodilló y se prosternó ante la luz del atardecer. Sí, respiró, subyugada y ebria, el aire cristalino. Sí, rió de gozo con las nubes blancas que se besaban y danzaban con el cielo azul. Sí, besó y abrazó al cervatillo, y, hasta sí, ¡horror!, se miró en un claro arroyo y sonrió a su imagen y se encontró hermosa, sí. Ya sabía ella que no tenía remedio y que era adoradora de la luz, de la claridad mental, de la belleza, de la pureza, de la verdad, de la autenticidad en suma, y, por ello, sería la vergüenza y mancha imborrable de sus amados progenitores. ¡Ojalá jamás se hubiera empecinado en nacer, tal y como su amada madre ordenara! Y lloró con tal desgarramiento que de repente el cielo se puso negro de nubes y diluvió sobre ella todas las lágrimas del cielo. Y, eso, Sonia, claro está, lo interpretó como un repudio del cielo azul, de la luz, y de todo lo que había elegido. Ya no había un solo lugar para ella, ni en el mundo de abajo, el suyo de siempre, ni en el de arriba, ni en el cielo tras su muerte. Se vio y se asumió como paria integral. Y decidió, por pundonor, pues no merecía acercarse a los que más le gustaban, servir a todos los marginados y rechazados como ella. Servirlos calladamente, y llena de vergüenza por no llegarles ni al tobillo, y llena de amor, de admiración y de alegre gratitud por ellos, por el mero hecho, si lo hubiese, de que se dejaran servir por alguien tan indigno.

Sería muy tedioso contar cómo, durante tres largos años, Sonia erró sobre esta tierra, cuidando leprosos, socorriendo calladamente a huérfanos, enfermos y abandonados, defendiendo a mujeres, niños y hombres maltratados, pues también existen hombres maltratados por sus mujeres. Alegrando y vigorizando ancianos, también. Pero, en cuanto empezaba a hacerse conocida en algún lugar, hacía su pequeña maleta y huía lejos de allí, para no suscitar deudas de agradecimiento en la pobre gente, pues eso hubiera sido, desde su punto de vista, la mayor estafa. Además, lo que más la llenaba de alegría, de luz y de paz, era siempre lo mismo, y así sonreía al cielo buscando el perdón de la abuela: era ayudar a parir y, sobre todo, a parirse, tal y como ella hacía cada día consigo misma. Y eso, ella creía que lo había inventado, pues nadie le había hablado aún de esos hermanos, todos muertos es verdad, que también en el allá y el entonces habían elegido hacer con los demás y consigo mismos lo mismo que estaba haciendo día tras día.

Sí, lo que más llenaba su corazón de paz, y de gratitud por el otro, era ayudar a que todo lo que ella veía como luz en los ojos de los pobres, de los dolientes, de los culposos, de los perdidos, de los humillados, de los rechazados, de los asustados, se hiciera realidad y se convirtiera en vida presente y en carne sonriente. Y le bastaba ver un destellito en los ojos de un animal, de un niño, de un adulto o de un anciano, para ponerse, calladamente, a hacer crecer esa luz, hasta el día en que ésta se hiciera materia vibrante y bajara y arropara y protegiera y amparara al que sólo era un latido imperceptible cuando lo descubrió. Y, por ello, más gente nacía como humano de luz de sus manos, y más mala y maldita se creía. Y, lo que la dejaba tranquila, a veces, ¿a veces? no, afortunadamente, casi siempre, era que esa misma gente se ensañara contra ella, la maldijera, la atormentara y la culpara por ello. Sí, todo cuadró hasta el día, un día más en apariencia, un dolor más en realidad, en que sintió que había llegado el momento que siempre esperara y que llamaba destino. Fue tan sólo una anécdota, pero digna de contar. Aunque bien sea como despedida de su segunda vida en este planeta.

Pues érase un día en que Sonia huyera una vez más de un poblado perdido en el que había propiciado el surgimiento de la luz, en que encontró en un bosque a un joven monje que huía también de sus hermanos, y que llevaba en sus ojos una muy débil, aunque persistente, llamita de luz. Cuando lo detuvo en su carrera y le dio el trozo de pan que llevaba consigo, éste le contó sus penas y tormentos, y la joven se compadeció de él y le dedicó dos largos años de desvelos y cuidados, pues él llevaba una herida que se empeñaba en reabrir con sus propias uñas en cuanto ella se descuidaba y caía rendida por el sueño, muy ligero y corto por lo demás, tal y como mandaba esa vida de sobresaltos. Ella lo había intentado todo. Le había hablado, lo había mecido, lo había curado una y mil veces, lo había consolado, se había transformado en su hermana, en su madre, en su abuela al fin. Pero nada podía hacer que la luz terminara por vencer sobre su abatimiento y su confusión. Así que, una madrugada, Sonia se despertó sobresaltada una vez más, y encontró, danzando sobre su cabeza, el cuerpo ahorcado de su compañero, con una nota que decía simplemente “¡Ojalá jamás te hubiese conocido!” Entonces sintió que su propia lengua, tan azul como la de él, se pegaba a su paladar, tal y como lo hiciera la de su abuela el nefando día de su nacimiento. Y supo que su boca habría ya de callar por siempre, y que sus ojos jamás habrían de mirar la luz en los ojos de nadie más. Pues ella misma se había ocupado ya de maldecirse para siempre.

Cuando hubo rendido los honores fúnebres a su amigo, Sonia caminó durante días, sin comer ni beber ni dormir, hasta encontrar lo que buscaba, una preciosa y pequeña gruta en medio de un bosque, en la cual decidió instalarse para siempre y hacer de ésta todo su universo.

Era un gruta perforada por grandes agujeros en el altísimo techo, muy luminosa aunque con recodos más íntimos y sombríos. En una foto, ella había visto la tumba de Tutankhamon y reconoció que, en más pequeña e irregular, se parecía mucho a ésta. Y eso la complació. El organizar la gruta la sacó de sus negros pensamientos y de sus dolores. Pintó por entero las paredes con escenas coloristas, llenas de seres preciosos de grandes ojos luminosos a quienes ella dio nombres de ensueño, totalmente inventados. Tejió durante semanas una estera de mimbre de color naranja encendido y oscuro como el fuego de una chimenea en invierno, y repartió los espacios en consonancia con sus frescos, entre las cuatro estaciones del año, para esos seres de todo tipo, surgidos de los cuatro elementos, de preciosos animales vistos o soñados entre los cuales reinaba un luminoso unicornio blanco de cuerno de diamante y ojos rasgados, de seres elevados, maestros, sacerdotes celestiales, ángeles y arcángeles. Se hizo un rincón para cada estación del año alrededor de un centro perfecto que dejó vacío, que jamás pisaba y que se encontraba justo debajo de un gran agujero que parecía proyectar un foco de luz perenne sobre él. Y, Sonia, se pusiera donde se pusiera en la cueva, tenía vista sobre ese Centro que la embelesaba, pues en él, ella lo veía todo, y todo maravilloso. Y así, al fin, se sintió feliz y acompañada, por vez primera en su vida. Entendió que lo que se había impuesto como la mayor de las maldiciones y de los castigos, era en definitiva el único premio que se hubiera concedido en vida. Pues cada día se sentía más feliz.

Así comenzó a inventar canciones que hablaban de un mundo suyo-suyo, por entero luminoso y que nadie venía a enturbiar. Entonces ocurrió algo, para ella, aún más maravilloso. Y es que, un día, cantando mientras se bañaba en la cascada, ésta unió su canto transparente al suyo. Y, día a día, Sonia fue descubriendo el lenguaje del agua, y luego del aire, y luego de la tierra, y ¡oh maravilla! al fin el de la luz. Y lo consideró el mayor regalo jamás imaginado.

Con el agua solía hablar de amores, de alma, de entrega, y aprendió a bucear sin tener que sumergirse, con sólo escuchar los sonidos y las palabras del agua cuando veía reflejados sus inmensos, luminosos ojos en los ojos, aún más maravillosos, del agua. Pues el agua, en verdad es puros ojos enamorados. Y Sonia pintó en cada piedrecita alrededor de la cascada, un poema de amor precioso para el agua. Y ésta, cada día, mientras la abrazaba y la limpiaba, le devolvió en mil todo el amor que ella hubiera entregado estérilmente a otros. Y así conoció Sonia el alma del universo. Entonces entendió que el amor está o no está, y que nada había de hacer para tenerlo, sólo seguir siendo y jamás esperarlo.

Con el aire y el viento, aprendió a ahuyentar sus miedos, y surgió la risa ante tantos terrores pasados. Pues el aire habla como lo hace la nieve de Navidad, tan delicada, respetuosa y resplandeciente, eternamente virginal, con susurro de copos que arropan. Pues el aire es pura piel, una piel de sutil armonía que lo desdramatiza todo y hace reír de esas pomposas gravedades vanidosas que hacen perder el norte y ocultan que para existir, y existir siempre, simplemente hay que abrir al aire cada poro de la piel y dejar que circule en ti, libre como el viento, pues sólo él te hace fuerte, pues cada vez que te saca de ti, es para mejor traerte a ti, más sólida, más entera, más irrompible, viento-roca al fin. Pues él jamás dice “yo”, pues sólo conoce el “tú”. Y así supo Sonia que la maldad, jamás tuvo nada que ver con ella, ni con nadie por lo demás, y que es tan sólo no saber escuchar y decir “tú”, al viento que sólo dice tú. Entonces respiró segura, riendo a la infinidad de sinfonías iracundas que dejaba desatarse por todo su cuerpo. Y así aprendió a cabalgar sobre la armonía, y a visitar la presencia del universo en cada poro de su piel. Y Sonia hizo para el viento un reloj de hojas, donde ambos marcaban sus citas, que esperaban con venerable cautela, escribiendo en cada hoja la esencia del encuentro pasado y el anhelo del por venir.

Con la tierra, Sonia tardó más en descifrar la canción de las canciones, pues la tierra no es simple, pues siempre está pensando en arcanos de cifras que se combinan consigo mismas a tal velocidad y en tal variedad, que es de imposible entendimiento intentar abarcar, ni siquiera en turquesa vacía y primigenia, la inmensidad de su conocerlo todo. Todo. Por eso se desliza ente los dedos y jamás cae de la misma manera. Con el cantar de la tierra, con sus baladas, Sonia aprendió cómo juega el pensamiento y qué es la libertad. Bajo sus pies descalzos ella ronroneaba y, dormida sobre ella, Sonia lo entendía todo. Y entendió por qué ella no hacía preguntas, pues daba siempre respuestas, porque quien pregunta, no quiere saber jamás la respuesta. Y porque nunca le preguntó nada, la tierra se lo respondió todo, pues Sonia era tierra, de siempre tierra y por siempre tierra, y por ende, inmortal. Madre y alumbradora, naturalmente. Madre del primer árbol y de todos los demás, en ella. Y así conoció toda la inteligencia del universo en cada puñado de tierra, nunca la misma, irrepetible siempre. Y se prosternó antes de hacer, para ella, un triángulo de cal que luego borró con sus manos, pidiéndole perdón por haber querido fijar, un segundo, la esencia del tiempo para sólo besarlo y sonreír al despedirlo. Entonces nacieron en ella todas las estrellas del universo. Presentes en su pensar alumbrador de galaxias.

La luz, su veneración de siempre, tiene la voz más alta y vibrante que imaginarse pueda. A tal velocidad se recorre a sí misma y le abre la frente en infinito siempre, que jamás pospone la sapiencia que se hace inmanencia, y a tal velocidad, que antes de empezar a percibir que habla, ya se sabe el final que anula el principio y lo hace futuro de luz en ella-misma si la alcanza al fin. Y por ello, es sabiduría de la finalidad, siempre y sempiterna, que dio origen al todo. Y es voz y forma adentro, que surge y no acaba, ni tendrá nunca fin, toda en blanco y negro, y por ello es color esculpido en retina de finos suaves hilos que vibran en el iris, lira vibrante y sólo voz, la suya, que sabe que es voz que anula el destino y lo convierte en vida, llamada libertad por siempre disponible, por ello inacabable. Y se llama designo. Esa luz que la inunda, antes que de rozarla, se llama la Verdad. Eso siempre lo supo, aun antes de ser, pues cada ser creado surge y se transporta de la luz infinita y por ello clemente delicada y serena. Y se llama inocencia. Y la luz da el nombre. Sonia la llamó hija y supo que nació para reinar en ella. Entonces y sólo entonces se amó a sí misma, para servirla a ella. Más lo que no sabía y con ella captó, es que toda certeza viene sólo de ella. Y se llama belleza.

Mas un día llegó un paje rubio, aún adolescente, todo vestido de azul terciopelo. Se asomó a la cueva y quedó embelesado al oírla cantar rodeada de luz. Cuando Sonia se cercioró de su presencia, salió corriendo el paje, justo en el instante que ella decidera hacerlo para huir de su presencia.

Al día siguiente, llegó un ermitaño, cantor y trovador, que se quedó mudo y corrió hacia afuera a velocidad insospechada dada su avanzadísima edad, justo en el momento en que Sonia decidiera volver a callar.

Al otro día, llegaron, temprano por la mañana, mientras Sonia dormía, una señora, reina ella, bellísima en su invulnerable madurez, acompañada de dos damas de honor, que sonrieron embelesadas y se retiraron caminando de espaldas, justo cuando Sonia abrió los ojos y decidió retirarse y dejarles, en homenaje, su cueva.

El día después llegó, galopando más raudo que la luz, un radiante unicornio que hincó la rodilla y que Sonia montó. Y la llevó, entornando los ojos para mirar a su dueña mientras esta cantaba y que él galopaba, y la llevó -al cielo sí, mas en esta misma tierra, ya que para toda luz el cielo está en esta tierra- al príncipe feliz que la aguardó de siempre y con ella soñó el día que naciera, riéndose con él, al fulgor de la luz de las tijeras en manos de su sagaz abuela.

Preciada Azancot. “Cuentos de la abuela”.

CUENTOS DE LA ABUELA - Preciada Azancot

CUENTOS DE LA ABUELA – Preciada Azancot

La terapia al uso vs. la terapia más innovadora

Al hilo del artículo: “7 Reasons Psychologists Never Give You a Straight Answer“, aparecido en https://www.psychologytoday.com

wavebreakmedia/Shutterstock, a través de https://www.psychologytoday.com

Fuente: wavebreakmedia/Shutterstock, a través de https://www.psychologytoday.com

Uno de los mitos que están a punto de caer igualmente y de los cuales Woody Allen se mofó tanto, antes de abandonar una terapia de 20 años y de dedicarse a ser feliz: el mito de que la terapia, para ser eficaz es la del vacío-espejo que te devuelve tu propia soledad. ¡Falso! Los mejores terapeutas saben mirar el fondo de tu alma y son duchos en extirpar de ella, lo antes posible y sin hacerte sufrir, ese agujero negro de mentiras domésticas y sociales que te obligaron a tragar para alejarte lo antes posible de tu Ser verdadero. Y eso requiere de sólo tres cosas que aún no se enseñan en las universidades establecidas:

1º) Saber diagnosticar, es decir: mirar, con miedo por ti, desde tu derecho a ser feliz, el nivel de daño que te has sentido obligado a hacerte y detectar DÓNDE está tu zona minada y dónde perforaste la tumba para tus anhelos. Para alejarte de ellos y ponerte en seguridad.

2º) Pasión: es decir sentido de pertenencia y de solidaridad hacia tu legítimo derecho a amar lo mejor de ti-mismo, para sacarte -de un enérgico tirón- de tus tentaciones a rendir las armas ante la vida.

3º) Compasión: es decir inteligencia clara, por conocer a fondo -por haberlos recorrido sin temor a sufrir- todos los caminos del sufrimiento humano y capacidad de explicártelo de forma contundente y sanadora, para que optes por la vida y por el amor.

Cuando se ve la cantidad de ídolos académicos, políticos, institucionales, sectarios y mágicos que han de caer, para dar paso a la integridad del ser humano, entendemos perfectamente bien que en estos momentos históricos, todos los abanderados de esos mitos carcelarios, hayan establecido el más horrendo de los consensos, para prolongar esas tinieblas que ellos han convocado y dónde se sienten tan a gusto. ¡Vano esfuerzo, la LUZ SIEMPRE TRIUNFA!

Preciada Azancot, Diciembre de 2015

Vladimir Putin, emocionado al hablar de su amor por el judaísmo

Vladimir Putin

Vladimir Putin. Fuente: Facebook.

¡Esto sí que es un HOMBRE! Y si algo tiene Putin, es que es un hombre de una sola cara que odia la deslealtad por encima de todo. Tú sí que mereces que te hagan Zar como a Pedro el Grande a quien tanto admiras. Aunque tú, eres más que un Zar: ¡Eres VOLODYA!

¡ESTO SÍ QUE ES UN MILAGRO DE HANUKKÁH! ¡Que la fuerza y la LUZ Judías te acompañen y te libren de todo mal! ¡Gracias!

Preciada Azancot, 9 de diciembre de 2015

Lucha contra el yihadismo en España

Al hilo del artículo “Interior investiga ya 29 denuncias anónimas sobre yihadismo“, aparecido en http://ccaa.elpais.com/ccaa/

Detención de supuestos miembros de una captación de yihadistas en Granollers (Cataluña). / GUARDIA CIVIL. Fuente: http://ccaa.elpais.com/

Detención de supuestos miembros de una captación de yihadistas en Granollers (Cataluña). / GUARDIA CIVIL. Fuente: http://ccaa.elpais.com/

Nuestras fuerzas de seguridad son muy buenas. ¡Bien por ellos que investiguen a esos monstruos! Pero sería mejor aún y mas coherente, que las denuncias vengan por parte de musulmanes, de forma a mostrar que no comparten ni apoyan eso del terrorismo islámico, y aún sería mejor que se haga una ley que permita encarcelar a todo fundamentalista que apoye al terrorismo islámico y manifieste su adhesión a él. Pues ¡qué frustradas y enojadas se deben sentir las fuerzas de seguridad, si se toman el trabajo de localizar a futuros criminales y les impiden apartarlos de la sociedad!

También es enojoso esgrimir ideales democráticos y de libertad de expresión para justificar la tolerancia frente a declaraciones pro-terroristas y en proclamas fanáticas. Matar personas en nombre de propaganda terrorista, NI ES DEMOCRACIA, NI SON IDEALES. Estamos en una perversión absoluta del sentido democrático.

Esto es como el maltrato machista, pero globalizado masificado. ¡TOLERANCIA CERO CON TERRORISMO ISLÁMICO Y CON EL NAZISMO, pues son iguales!

Preciada Azancot, Diciembre de 2015

La parodia de ayer, realidad hoy

https://www.youtube.com/watch?v=Rd8cRvZZv44

Así es. Los creadores y artistas siempre se adelantan a la realidad que se avecina. La gente se ríe o se irrita y dice que es ciencia ficción. Cuando la realidad está encima, los artistas y creadores arman la Resistencia, con conceptos, símbolos, estandartes de luz. Tampoco les hacen caso… Y todo se vuelve a derrumbar. Una vez más. 😦

Preciada Azancot, 7 de diciembre de 2015

Armas de terroristas del ISIS en mezquitas francesas

Al hilo del artículo: “France Raids Mosques, What Was Found Should Have Us Demolishing Them ALL“, publicado en http://madworldnews.com.

Dicen que Dios ciega a quien quiere perder. Sí que me asombra que en Francia, un país con pasión laica y atávico rechazo hacia lo religioso, los Musulmanes se hayan atrevido a guardar armas en mezquitas.

Esto muestra que para los terroristas, alimentar la islamofobia es parte del plan, y también muestra la cobardía -si no aún, complicidad descarada- de los Musulmanes que se dicen moderados y pacíficos, ya que no se oponen a la barbaridad de profanar un lugar santo con armas de muerte y que no elevan su voz contra los fundamentalistas y terroristas, ni los sacan a patadas de un lugar de plegaria, para entregarlos a las fuerzas del orden.

El grito Londinense “¡Tú no eres Musulmán, Hermano!” debería ser, en este momento, más fuerte que el de “¡Allahu Akbar!”.