Más necesario que nunca: un BIO-HUMANISMO UNIVERSAL DE TERCER MILENIO

Por Preciada Azancot

Día 1. Aquí vídeo sintético y Texto original:

” … ¡Y EXIJO SEGURIDAD ÉTICA!”

https://www.youtube.com/watch?v=qQvE__dauzM

– El Pueblo: Buenos días querida Socia Tierra, querida madre-abuela, debido a tu venerable edad y por ser la gran dama que eres, será un placer cederte el paso; te propongo comenzar tú y te invito a examinar conmigo -no sé si estarás de acuerdo en ello- la base de todo lo bueno que logremos: el cómo no tener pavor, terror, miedo, localizando sus causas y erradicándolas, para así acceder a lo primero que necesita un ser humano, y no sólo humano: el sentirse a salvo, defendido y a buen resguardo. Me refiero a que sin SEGURIDAD duradera, no podemos ni siquiera detenernos a pensar, ni mucho menos a soñar con la felicidad a la cual todos tenemos derecho. ¿No lo crees así, Socia? Y si sí ¿a qué le tienes miedo?

– La Tierra: Gracias querido Socio Pueblo por tu deferencia. El arranque no puede ser más oportuno, pues sin seguridad no hay piso sobre el que construir. ¿Te imaginas que yo no tuviese la seguridad de que es la neguentropía la que sostiene el Universo? ¿Te imaginas el pavor al vacío, al caos, a la nada sin esa seguridad?
Te voy a ser muy sincera, pues los años no me permiten andarme por las ramas: En el Universo, lo creamos o no, existe un orden y ese orden permite, como ejemplo minúsculo, que tú y yo existamos. Y no es momento de entrar en discusiones estériles entre creacionistas y evolucionistas, ni en las últimas teorías cosmológicas, ya que tú, como pueblo, percibes claramente que existe un orden de lo humano, creado o evolucionado -o ambos a la vez- eso no importa.
Y ahí está mi mayor miedo: el que ese orden, esa armonía, se destruya. Y en nuestro minúsculo nivel, esto pasa por romper el perfecto equilibrio existente en nuestra distancia al Sol, en nuestro movimiento a su alrededor, en nuestro movimiento de rotación, en los componentes y características de nuestra atmósfera.
Y digo minúsculo nivel porque realmente, somos pequeños : La Vía Láctea tiene entre doscientos mil millones y cuatrocientos mil millones de estrellas como nuestro Sol. Y la propia Vía Láctea es una de las de alrededor de cuarenta galaxias que forman el Grupo Local, que a su vez forma parte, junto con otros cien grupos o cúmulos de galaxias del Supercúmulo de Virgo, que a su vez… En fin, dejemos estas cifras mareantes y volvamos a aterrizar en mí, como muchas veces dices 🙂
Esa pequeñez no nos exime de mantener nuestro equilibrio y nuestra armonía, al revés, tendría que encantarnos obedecer a las leyes que la rigen y garantizan; y el perfecto equilibrio existente ya está poniéndose en entredicho con la contaminación producida por los seres humanos y el imparable cambio climático, donde, una vez creado el Protocolo de Kioto, resulta que los países más contaminantes son los que más dudas tienen en ratificarlo…
Y si esto me da miedo, ¿cuánto más miedo siento ante las armas de destrucción masiva y las letales armas químicas? ¿No se requiere, para tener seguridad verdadera, la manera de garantizar la paz entre los seres humanos?
Estos son mis miedos mayores, ¿cuáles son los tuyos?

– El Pueblo: ¿Mis miedos? Pues yo creo que estoy en el nivel más alto en la escala del terror: el que debería haber sentido Caperucita en la cama del lobo, al confundirla con su abuelita cariñosa. Pues, ¿hay algo más aterrador que darse cuenta de que lo que más hay que temer hoy en día es precisamente lo que más debería y podría -si no fuese un usurpador, un estafador o un farsante- garantizar nuestra seguridad? Porque bien está que le tengamos miedo a la enfermedad, a la muerte, a la soledad, al dolor, a la traición, a la ignorancia, sí, bien está. Al menos cuando una enfermedad se presenta, no lo hace con signos de bienestar, de fuerza y de lozanía, o si un ladrón entra en nuestra casa, no se pone la máscara de nuestro hijo o de nuestro mejor amigo. Pero como es el caso hoy, cuando son precisamente los gobernantes elegidos democráticamente, los directores de grandes organizaciones e instituciones, el sistema liberal y capitalista y también el comunista, por el cual fuimos a dos guerras mundiales y entregamos decenas de millones de vidas humanas, el sueño de liberalismo, de libertad de elegir en qué y cómo trabajar, qué y cómo pensar, el derecho de voto por el cual vertimos mares de sangre desde la esclavitud, los representantes políticos en quien delegamos la confianza de defender y proteger nuestros intereses personales y colectivos, los legisladores y los jueces a quienes recurrimos confiados para sentirnos dignificados, los venerados supuestos sabios que nos facilitan el entendimiento de los designios de nuestro Creador, sí, cuando son esos mismos que se alían entre sí contra la potencia y la cordura del Pueblo, en nombre de intereses patéticos de jugadores de poker haciendo faroles contra sus idénticos compinches, con el único propósito de ser el más listillo de los predadores de la jungla, entonces sí es como para no sólo sentir miedo, sino pavor. Es como para sentirse acorralado y sin ninguna salida. Es el horror al caos, sí, al CAOS con mayúsculas, a lo absurdo que pintó Kafka en sus premonitoras novelas. Porque ¿de qué defensa hablamos? El ejército que debería ser el ángel de la custodia y el máximo profesional de la paz, ataca a nuestros niños indignados frente a nuestras propias ventanas o se los lleva a guerras foráneas, gratuitamente fabricadas para servir intereses ajenos a toda justicia y a toda dignidad. Los resistentes que dicen luchar por su pueblo se escudan tras escuelas, hospitales y mujeres y llaman guerra santa el suicidarse matando a inocentes que nada tienen que ver con sus desgracias y padecen miserias parecidas o peores, porque disfrazadas de patriotismo y de libertad, de parte de sus gobernantes que fabrican burbujas especulativas que los dejan arruinados del día a la noche, sin casas y con la obligación de seguir pagando su ruinosa hipoteca con su pensión de parado. Los investigadores se ven inundados de dinero si se trata de inventar más armas de destrucción masiva y reducidos a mendigar inútilmente si se trata de encontrar remedios para erradicar enfermedades mortales, las universidades levantan murallas infranqueables de selectividad para formar profesionales que tendrán una sola garantía: la de ir al paro y la de haber desaprendido la poca intuición creativa que tenían para buscar opciones nuevas. Los genios, que antes se conocían todos entre sí, hoy en día se ignoran y se sienten aislados y abandonados, porque sólo funcionan redes de cotilleo y ligoteo, que éstas sí, pululan. ¿A qué tengo miedo, dices? ¿A qué no tengo miedo? podrías preguntarme, porque no podría ya encontrar un solo ejemplo de seguridad que darte. Ni siquiera confío en mí. Y es más, te confieso que ya llegué al convencimiento hondo de que yo, yo soy al que más debo temer, porque creía conocerme, pero ya ni sé quién soy ni lo que valgo ni para qué valgo. Y si he de serte sincero, es así, tocando fondo, que a veces, un chispazo de luz, o tal vez de locura, me convence que en el fondo, desde Sócrates, no sólo nada ha cambiado, sino que ha empeorado. No nos conocemos a nosotros mismos, y por eso proyectamos lo más inseguro de nosotros y elegimos lo peor creyéndonos a salvo. No sé. No sé. Me siento indignado, sí, pero sin fuerzas, sin opciones, sin salidas. ¿No crees, querida tierra madre-abuela, que es como para estar aterrado?

– La Tierra: Sí que es grave el asunto, sí. Y tienes todos los motivos para estar aterrado. Ahora bien, desde ese miedo que sientes, vamos a ver cómo conseguir que recuperes las fuerzas, las opciones y las salidas.
El primer paso que debemos dar ya lo has dado: determinar dónde está el peligro. Si el peligro primario está en ti, porque te desconoces, tendremos como segundo paso que conocerte, que diagnosticarte, de manera que sepamos a ciencia cierta dónde, dentro de ti, están los mayores peligros y dónde están tus mayores virtudes en las que nos podremos apoyar para solventar los peligros. Una vez aclaremos este punto, habría que hacer algo similar con tus gobernantes, con tus “fuerzas vivas”, para ver cuál sería la organización ideal que asegurase tu seguridad. Vamos a ello:
En tu exposición hay, creo, un diagnóstico muy acertado de la situación actual, de la cual, me permito leer entre líneas las siguientes necesidades básicas para recobrar tu seguridad:
Sistema de gobierno bajo criterios de ética, vocación de servicio al pueblo y honestidad.
Sistema legislativo digno, justo, equitativo, que te haga sentir que la justicia verdadera, no sólo es divina, sino también humana.
Reconocimiento de los más sabios dentro de ti para que puedan guiar los crecimientos colectivos e individuales.
El ejército –el sistema de defensa- debería ser el ángel de la custodia y el máximo profesional de la paz, tal cual lo dices.
Los investigadores tendrían que focalizarse en encontrar remedios para erradicar enfermedades mortales, nuevas fuentes de energía limpia y todo aquello que vaya en la dirección de aumentar tu seguridad y tu bienestar.
Las universidades se dedicarían a enseñar cómo potenciar el crecimiento personal y la capacidad creativa de sus alumnos.
Los genios deben ser reconocidos y admirados en vida, pues, dada mi dilatada experiencia, te traen pedacitos de Eternidad, y en general, a cambio, tú los reconoces y les levantas altares sólo cuando ya yacen en mí y los más rancios académicos pueden hablar en su nombre. Y éstos lo hacen con dos finalidades que a mí, que los llevo en mi seno como hijos preferidos, me aterra y me indigna: primero alzar su soberbia sobre aquél que no han sido capaces de valorar en vida y colocarla por encima de la genialidad del silenciado –puesto que creen darle el aval de la celebridad-, y segundo, para convencernos de que el genio no es humano, de que es un ser extraterrestre y medio loco del cual asustarnos. Con lo cual, logran hacernos creer que no podemos imaginar ni crear un mundo mejor, un mundo genial. A eso sí que yo le tengo miedo, socio. Porque cuando te hipotecan la POTENCIA creadora, sólo te queda el miedo, la impotencia, la sensación de desvalimiento.
¿Qué deberíamos hacer para llegar a ese escenario soñado? Perdona, querido socio, el plural mayestático, pero es que me siento muy socia. Sé que hacer, poco puedo hacer, pero ayudarte a pensar y a reflexionar, sí, eso sí que puedo.
¿Podríamos quizás empezar por ver cuál debería ser el sistema de seguridad que te asegure la ídem? Solventado esto, ya podríamos avanzar resueltamente para buscar opciones y salidas para el resto, ¿no crees?

– El Pueblo: Sí, madre-abuela y antes que todo, queridísima y privilegiada socia. Pues sí, y gracias a ti, me estoy dando cuenta de que he realizado un diagnóstico, como tú dices y señalas, y no sólo de mí, que soy a la vez la víctima y la causa de todo lo demás, sino de la situación en general, de las causas de amenazas a mi integridad y a la tuya. Hablando de la mía, la interior –pues si desconozco mis debilidades y las confundo con mis fortalezas y viceversa, cualquiera puede manipularme y engañarme- y la exterior –la de confundir al lobo con el cordero y fiarme de él, o peor aún, creer necesitar de su “aval” para creer en mis propios sueños, en mis propias certezas de un mundo seguro, desarrollado, justo, creador, solidario y pacíficamente fluyente-. Y sí, como decía mi bisabuelo Sócrates, “conócete a ti mismo” y conocerás así al Universo entero, es la clave de todo.
Y a través de este diálogo, creo, o más bien sé, que lo lograré. ¿Qué digo? ¡que lo lograremos!, pues tú, tierra, ya no madre y abuela, sino niña y bebé, serás lo más entrañablemente querido y valorado por mí, pues todo en ti y desde siempre fue paciencia y amor, agua para mi sed, y alimento para mi hambre, y también memoria de evolución, y el lugar que ama por encima de todo a la luz – es decir, a la VERDAD- y siempre gira a su alrededor. Sí, socia amada, contigo descubro que por vez primera consiento en escucharte, en no estar tan sólo atento a mis morbosos diálogos internos de rumiante, en ese comerme el coco para ver cómo, una vez más, logro idear tan sólo la manera de ganar el pan con el sudor de mi frente en un valle de lágrimas. Y es tu miedo por mí y de mí que me hace despertar a la esperanza, a la potencia de mi imaginación, de mi poder creador para construir contigo un mundo digno de los dos.
En cuanto a cómo poder garantizar a nivel colectivo la seguridad máxima, creo que sería posible si las instituciones que deberían garantizar la seguridad, véase, eliminar causas de miedo a nuestra integridad, fueran regidas por un Consejo Supremo de Seguridad elegido por los Sabios del pueblo entre los que más sean capaces de diagnosticar el nivel de toxicidad y de valía en los que podrían y deberían gestionar la administración de un país. Ese Consejo Supremo de Seguridad no podría ser integrado por militares ni por políticos, ni por ideólogos, ni por seguidores incondicionales de dogmas religiosos, sino por filósofos sabios y desinteresados y por investigadores y descubridores del funcionamiento humano, por especialistas del alma y del comportamiento humano. Para garantizar la integridad de la Nación, de las Naciones, se necesita tener un solo atributo fuera de toda sospecha: INTEGRIDAD, vale decir, ÉTICA en acción.
Ese Consejo Supremo de Seguridad, ante todo, garantizaría que la educación de los ciudadanos gire alrededor del auto-conocimiento y de la tolerancia y encantamiento ante lo diferente del otro, del hermano, así nos enseñaría a conocer nuestras debilidades y proteger al otro de ellas, con objeto de diluirlas en nuestras fortalezas y talentos.
También dirigiría el Ejército para hacer de éste el máximo exponente de los profesionales de la Paz. Es decir, no sólo ir de modo decisivo e imparable hacia el desarme sino, además y sobre todo, ser maestro en detectar todo caos, vale decir saber detectar y diagnosticar la voluntad de poder, la compulsión de control sobre las conciencias ajenas y erradicarlos en tiempo real y sin violencia, con argumentos objetivos, con un simple diagnóstico de la toxicidad de esas conductas.
El Consejo Superior de Seguridad, enseñaría igualmente a amar obedecer al orden, siempre que ese orden sea el de la naturaleza feliz e inocente del ser humano y no la institucionalización de las relaciones de poder de los más desaprensivos sobre los más cándidos.
También regiría los poderes de defensa interior como la policía y los servicios de Inteligencia, para hacer de ellos los máximos ángeles custodios del orden biológico de mis integrantes.
Y, naturalmente, también regiría toda la Sanidad pública (incluyendo la Seguridad Social) para hacer de la prevención y de la apertura de la medicina a todo lo que atañe al conocimiento milenario o pionero del funcionamiento del cuerpo humano, una ciencia multidisciplinar que sepa velar por la salud integral, garantizándola.
Y, en fin, velaría para que el derecho a tener un techo sea poco menos que sagrado, imposible de ser objeto de especulación para desaprensivos, ni de chantaje para hipotecar la vida entera reducida a rembolsar un crédito cada vez más ciego, cínico y abusivo. Suena a utopía, pero no, no lo es. Es sólo ética. ¿Me ayudarás, socia, a ponerlo en términos más, digamos, terrenales?

– La Tierra: Sí, puede que suene a utopía, pero hablando de sonar, escucha, que si de asuntos terrenales se trata, ¡aquí está la experta! 🙂
Esas instituciones de las que hablas y ese Consejo Supremo de Seguridad podrán ser una realidad en unos cuantos años, pocos, si se empieza a sembrar en la buena dirección. Medidas que creo realistas y aplicables desde ya, y que someto a tu estudio, serían:
1.- Antes de nada, fomentar institucionalmente medidas para que la población se conozca a sí misma individual y colectivamente. Y esto debe hacerse en primer lugar en los programas de educación infantil y juvenil. En los jardines de infancia, las escuelas, los colegios e institutos. Con una defensa de la infancia desde las instituciones, y no sólo del maltrato físico, sino también del maltrato psicológico. Es decir, habría que abogar por la seguridad emocional de la infancia.
Si cada individuo se conoce a sí mismo, y si cada individuo tiene un conocimiento profundo de ti (Pueblo, ser humano de ayer y de hoy) y de mí (Tierra, hogar y memoria colectiva de ti), y además tiene toda la seguridad emocional necesaria, serás capaz de saber qué políticas son las adecuadas para tu crecimiento y qué líderes necesitas.
2.- Promover políticas y sistemas de Defensa y Sanidad acordes al siglo XXI y al tercer milenio: bien dimensionados, gestionados y financiados.
Respecto a los sistemas de Defensa, inculcar desde la escuela la defensa como una misión de paz y de entendimiento, de acercamiento. Y recalcarlo más en las academias militares: La guerra es, siempre, un fracaso, y casi siempre, evitable.
Respecto a la Sanidad, apostar por una Sanidad biófila, volcada en el amor por la verdad, promoviendo una conjunción de lo mejor de las distintas medicinas orientales y occidentales, ancestrales y ultramodernas, enfocada no en luchar contra la enfermedad sino en prevenirla.
3.- Promover una defensa especial en la seguridad de los sabios y de los líderes excepcionales. La seguridad no sólo física, sino también mínimamente económica. Y esto con la creación de becas, premios y reconocimientos para los mejores. De nuevo, desde la más temprana edad.
Creo, querido socio, que, como no podía ser de otro modo, las cosas empiezan siempre desde el principio… Y por eso, mi propuesta de arrancar sembrando en las nuevas generaciones, y reeducando a las presentes, pues así se construye futuro, ¿no crees?

– El Pueblo: ¡Ya lo creo que sí, mi niña! Y todo ello es seguro y alcanzable si queremos. Y lo queremos.”

Extracto de “¡Sí, me indigno! ¿Y ahora, qué?“, de Preciada Azancot y Antonio Gálvez, editorial Tulga3000 Editores

Preciada Azancot, 8 de enero de 2016

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