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La Niña que hacía reír a Dios

La niña que hacia reir a Dios - Preciada Azancot - Portada

La niña que hacia reir a Dios – Preciada Azancot – Portada

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“La Niña que hacia reír a Dios”, es como decir la niña que revolucionó el mundo. Así es, porque esta niña pizpireta con la prerrogativa de recordar en todo momento el orden que rige a las personas hechas a imagen y semejanza de Dios y que Éste la concedió al venir aquí, a nuestro planeta, pone “patas arriba” dando la vuelta, literalmente, a las creencias y a las formas de funcionar que tenemos los terrícolas, los humanos de esta tierra.

Natalia, la niña protagonista de este cuento acompañada de su inseparable perrita Balkis, nos lleva de su mano en dónde, a través de un recorrido por distintas partes del mundo se va encontrando con personajes cuyas características individuales, como elementos que se nutren de valores del entorno cultural en que viven, adolecen de los mismos “trastornos” emocionales que los del país o colectivo al que pertenecen y que ella se…

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FINALMENTE, ¿ENCONTRARÁ NUESTRA NIÑA A SU SUEÑO?

Por Preciada Azancot

Balkis estaba insoportable desde que salieron de Montecarlo aquella mañana temprano hacia el Mediodía de Francia. Por más que Natalia, eficazmente ayudada por el chofer moreno de grandes ojos traviesos y de cabello ensortijado, que ella había elegido para conducir el lujoso coche alquilado, intentara reconvenirla y calmarla, la antaño modélica chow chow brincaba febrilmente de un lado a otro del asiento trasero, pisando el regazo y las rodillas de su amita cada vez que se quería asomar a la ventanilla derecha desde donde Natalia contemplaba el paisaje, o al menos, trataba de contemplarlo.

Balkis se asomaba ansiosamente a dicha ventanilla y, entonces, Natalia se deslizaba hacia la otra. Al cabo de cinco minutos, Balkis volvía a agitarse y a precipitarse hacia la ventanilla opuesta, desalojando así a su amita.

Varias veces ya se habían detenido, pues Natalia deducía que deseaba aliviar su vejiga o sus intestinos.

Antoine, el chofer de acento meridional, de voz cantarina y llena de sol, se reía, bajaba la ventanilla, abría la portezuela trasera derecha e invitaba a Balkis a salir. Pero la perrita ladraba, furiosa, y se negaba, obstinadamente, a abandonar su sitio. Entonces, sin enfadarse, el chofer, divertido, volvía a su asiento y hacía arrancar el coche.

-Las mujeres son caprichosas y hay que saber adivinar sus necesidades –le decía a Natalia riendo.

-Eso trato –respondía Natalia–, estoy asombrada, pues jamás se había comportado así. Parece excitada. Parece buscar algo.

-¿Habían ya venido por aquí? – preguntaba Antoine –; tal vez, reconoce el camino que lleva hacia alguien muy querido.

-Eso me parece también –respondió Natalia.– Pero jamás antes habíamos estado aquí.

-¿Pero donde nació ella? –insistía Antoine.– Los perros jamás olvidan a sus amores- explicaba esa autoridad en raza canina.

-No sé dónde nació. Siempre estuvo conmigo. En el Sahara, supongo –respondió Natalia, pensativa.

-¡Oh! Eso queda lejos –cabeceaba Antoine, retraído, decidido cual Sherlock Holmes a resolver el misterio de los estados anímicos de Balkis.

– Creo que, como ya se avecina la hora de almorzar, podríamos buscar un bello lugar y detenernos, eso tal vez la aplacará –aventuró la niña.

-A veinte minutos de aquí existe un pueblo precioso, muy idílico, muy salvaje y natural – respondió Antoine.

– Será perfecto así –sonrió Natalia.

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DE VUELTA A EUROPA, LA NIÑA DEL MUNDO LLEGA A ITALIA

Por Preciada Azancot

La sensación de excitación, miedo y vértigo que embargó a Natalia desde la víspera, día de su llegada a Roma, no la había abandonado aún.

LA NIÑA DEL MUNDO EN ITALIA

Sentía, en las calles de la capital italiana, como si estuviera montada en un tiovivo o en una montaña rusa del Luna Park de Nueva York. Esa velocidad suicida con que manejaba el taxista que la conducía, esas bruscas e inútiles aceleraciones, seguidas por secos frenazos in extremis –que la proyectaban ya sea contra el respaldo de su asiento, ya sea contra el del chofer- no le gustaban en absoluto. Pero de nada valía decidir cambiar de automóvil. Todos los romanos manejaban epilépticamente y acompañaban sus exabruptos sobre ruedas por otros, verbales y gestuales, a más de una cacofonía estruendosa de toques prolongados de bocina. El que gritaba más, creía tener la razón. El que más insultaba a la santa madre del otro, antes de escapar aceleradamente de la revancha del ofendido, se permitía el lujo de la triunfante carcajada final. Lo insólito del caso es que sólo chocaran algunos coches y que los demás salieran indemnes. “El miedo es la fuente de esa falsa alegría”, diagnosticó la niña, tratando de calmar los lamentos y quejidos de Balkis a quien no le gustaba ser tratada como un batido en una licuadora.

En la plaza que llevaba al Coliseo, el desorden del tráfico llegó a su clímax. Para entonces, no sólo las madres de cada interpelado se habían transformado en profesionales del oficio más viejo del mundo, sino también las hermanas de los agraviados. El taxista parecía disfrutar de todo aquello como un niño algo tarado y se reía a mandíbula batiente, seguro de su pericia en el manejo de coches suicidas.

Por fin, un brusco frenazo que logró agarrarla desprevenida y la hizo chocar violentamente contra el respaldo del asiento del taxista, puso punto final a la peligrosa travesía.

-¡Ay! ¡Usted es una bestia! – se quejó Natalia, furiosa.

-¡Ma que bestia! Soy un tigre, qué digo un tigre, sono un lince, un puma. Llegamos sanos y salvos, señorina, no se puede quejar de Marcelino. ¡Marcelino sono yo! – precisó.

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LA NIÑA DEL MUNDO EN LA INDIA

Por Preciada Azancot

El Ganges es el río sagrado de la India. Nace en el Himalaya, en una cueva llamada “boca de vaca” y surge de las entrañas de estas montañas, las más altas del mundo. Se cree que el río se gesta en la cumbre del monte Kailosa, a siete mil metros de altitud, morada del Dios Siva. La leyenda dice que el río sagrado mezcla su curso con los rizos del Dios, que da tres vueltas al monte Kailosa y que se divide en siete ríos que discurren por cuatro continentes. En el cielo, el Ganges se denomina Mandakini, en la tierra es Bhaginathi y en el mundo de abajo se llama Bhoganati.

Hay un templo, situado al oeste de Gangoti, donde se veneran las imágenes de las tres diosas de los ríos: Ganga, Yamuna y Sarasvati.

En India, dentro de lo sagrado, existe lo más sagrado, como, por ejemplo las confluencias de los ríos y la zona que rodea a éstas. De entre las cinco confluencias del río sagrado, Deo Pragay es la más venerada. De allí en adelante, el río toma el nombre de Ganges. A 56 Kilómetros de allí, se alza la capital de la región: Rishikesh. Los feligreses acuden allá desde toda la India, a recoger el agua sagrada que enviarán a todo el país y a meditar en los dos templos dedicados, el primero a Vihum y a su esposa, y el segundo a Ganga y a Lakohmi, la diosa de la prosperidad.

Más abajo, en el valle de Allakabad se sitúa Benarés, la ciudad más sagrada de la India. El lugar más venerado de la ciudad más sagrada de la India. El lugar más venerado de esta ciudad es el Dasasvamedha Ghat, una gran escalinata que desciende hasta el río, rodeada de 692 templos, y casi la mitad de los más de 1.500 que existen en Benarés, todos reconstruidos después de múltiples destrucciones por los reyes musulmanes. Por allí vino, predicó y alcanzó la iluminación, Buda. Natalia y Balkis disfrutaban de su tercer día de estancia en India y acababan de llegar a Benarés en compañía de su nueva amiga, la hermosa Parvati, tersa como un melocotón dorado al sol, menuda y bien formada, de rasgos serenos, frente brillante y sosegada, sonrisa tímida y manos y pies pequeños como los de una niña. Parvati era etnóloga y había sabido de Natalia a la cual admiraba intensamente. En su fuero interno, creía que Natalia, la niña prodigiosa, era la reencarnación de algún Brahmán, de seguro el más sabio de todos. Por eso, había acudido a recibirla al aeropuerto y se había puesto a su servicio, con una dulzura y una discreción que habían conmovido a la niña. Como Natalia había expresado su deseo de ir a Benarés, Parvati la había invitado a hospedarse en casa de su tía, una aristocrática y delgada descendiente de la casta más encumbrada de la India.

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LA NIÑA DEL MUNDO EN NUEVA YORK

Por Preciada Azancot

Desde París, nuestra niña llega a Nueva York:

La niña en Nueva York by Preciada Azancot

“El inmenso Boeing 747 sobrevolaba Manhattan, desvelando esa impresionante ciudad de intrincada geometría que se creía, y se quería, el corazón del mundo.

Natalia, mientras sujetaba a la inquieta Balkis encerrándola en su propio cinturón de seguridad, miraba por la ventanilla. “Llegó el momento de despedirse de París, llegó el momento de entrar en el Nuevo Mundo”- decidió sabiamente –, y su mente recorrió el álbum de recuerdos de los trece días maravillosos transcurridos en la residencia de Monsieur de Brie. Los febriles preparativos de la boda de su amigo con la radiante Judith. La sencilla y refinada ceremonia donde ella, Natalia, fue la dama de honor, junto con Balkis, adornada para la ocasión con un gran lazo de raso color turquesa a juego con el vestido de su amita. Las toneladas de exquisitos canapés, dulces y golosinas preparados por Dorothée. Las lágrimas disimuladas del inmutable Paul que la acompañó al aeropuerto parisino. El tedioso papeleo e innumerables vacunas necesarias para permitir la entrada de Balkis a los Estados Unidos de América. Su despedida del jardín, de sus pájaros, de sus margaritas…

Natalia se enjugó una lágrima nostálgica y sonrió valerosamente ante el destino que ella eligiera: recorrer la tierra hasta hallarlo a “Él”. “Después pasaremos algunos años sin movernos. No estoy segura de que me guste tanto viajar, no estoy segura de que me guste decir adiós a la gente que amo”, reconoció.

El desembarque fue una vorágine de colas, reglamentos, declaraciones, papeleo, controles, hasta hacer revisar su maletita y verse empujada por una marea humana a la acera donde aguardaba una fila de taxis. Entonces Balkis se le escapó y se precipitó en brazos del chofer del tercer taxi, con aparatosas oscilaciones del frondoso rabo. El chofer resultó ser -pudo comprobarlo cuando se volteó- una mujer de inmensa sonrisa llena de dientes blanquísimos, de labios violetas como la lengua de Balkis, de tez aún más negra que la de Dorothée, casi azul, de rostro ovalado, lleno de hoyitos risueños e invadido por más de cien trencitas diminutas y de diversos largos, cada una terminada por dos bolitas de cristal de colores.

Por lo demás, la nueva amiga de Balkis vestía unos desvaídos blue jeans, una blusa de llamativo raso rojo y zapatillas deportivas verdes y desgastadas. Y una cazadora de chillones colores, como las bolitas que sujetaban las trenzas, rígidas y rebeldes, debajo de una gorra de fieltro verde.

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LA NIÑA DEL MUNDO EN PARÍS

Por Preciada Azancot

Continuando con las aventuras de la niña, ahora llega a París:

la niña en Par�a by Preciada Azancot

“La llegada, a la tarde del día siguiente, de Natalia a París, causó sensación entre los, sin embargo, blasés empleados y asiduos del aeropuerto Charles de Gaulle. Por cortesía de su amigo Alí el Cheikh, a quien ella no había querido de nuevo desairar, se veía flanqueada por los doce fornidos soldados de la guardia personal del jefe de las tribus nómadas del desierto magrebí, revestidos, todos ellos, con sus trajes de gala, cimitarra al cinto, burnuses blancos con capucha sobre inmaculados turbantes, botas de oloroso cuero repujado con sonoras espuelas de plata, amplios calzones negros y casacas también tintas. Afortunadamente los reglamentos de la Compañía Aérea Royal Air Maroc prohibían terminantemente que se admitieran animales y armas de fuego, con lo cual la camella adornada en la cual viajó hasta Marrakech, los doce briosos corceles blancos que montaran los soldados de Alí el Cheikh, así como sus escopetas prontas a disparar salvas de fantasía, habían sido retenidas en el aeropuerto de la ciudad imperial, rosada y amurallada, del reino hachemita. Balkis se había salvado de casualidad, porque aún era tan diminuta que viajaba en brazos de su ama.

Dos limusinas con chofer los esperaban y los condujeron raudamente al lujosísimo hotel donde solía hospedarse Alí el Cheikh.

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