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EL ESPLENDOR DE LO HUMANO, entrega 30: TIPOLOGÍA FORTIFICADORA

Extracto del libro “EL ESPLENDOR DE LO HUMANO”,  de Preciada Azancot
©Preciada Azancot

Dimensión dominante: Rector-miedo-tacto, su competencia.
Dimensión desconectada: Vitalizador-rabia-olfato, su talento.
Dimensión prohibida: Sintetizador-tristeza-oído, su vocación.
Dimensiones sanas: Protector-amor-vista.
Orientador-alegría-sexo.
Transformador-orgullo-gusto.

Tipología MAT Fortificadora por Preciada Azancot

Tipología MAT Fortificadora por Preciada Azancot

Percepción sensorial del Fortificador:
¿QUÉ VAMOS A VER? La figura geométrica que domina la estética Fortificadora es el octógono (rostro, busto, vientre, manos y pies).
Las glándulas que responden al miedo y funcionan con él son las suprarenales, y muy en particular, la secreción de cortisona y de adrenalina que rigen el cuerpo y la manera de ser del Fortificador. La cortisona le produce hinchazón, y el exceso de adrenalina, una posición defensiva ante la vida.
El rostro del Fortificador es por lo general más ancho que lo normal. La piel es lisa y tensa, tersa también. El exceso de agua no deja percibir la osamenta ni el músculo, y los rasgos son desdibujados, muy sutiles. Parecen haber sido dibujados para luego ser difuminados. La frente es lisa y refleja la luz como un espejo. No hay arrugas ni marcas de expresión en el rostro liso y sutil. Los ojos parecen más hundidos que lo normal y tienen poco brillo, como mirando hacia adentro. La boca es algo blanda y se chupa el labio superior. El cabello es fino y poco nutrido, salvo en unos pocos Fortificadores con tendencia innata hacia la conexión Constructora y que tienen un cabello igual de profuso que los Constructores. Pero la inmensa mayoría de los Fortificadores tienen el cabello tan fino como la piel, muy delicada, y se ponen calvos muy precozmente, comenzando por la coronilla. El rostro es proporcionalmente grande.
El cuello es ancho y corto. El cuerpo redondo y con tendencia a la obesidad pues, además de cortisona en exceso, el Fortificador tiene la tristeza prohibida y por lo tanto un bajo funcionamiento de la tiroides y del metabolismo. Además tiene la rabia desconectada y no quema todo lo que podría. El resultado es una gran tendencia a engordar, aunque no coman en exceso. A esa tendencia se añade la gran retención de agua en los tejidos (vientre, pies y manos que se hinchan fácilmente, y gran propensión a sudar en exceso). Hombros delicados y talle algo grueso, estómago y vientre algo prominente, brazos y piernas algo más cortos proporcionalmente al busto.
Las manos y pies, algo anchos, tienen dedos que terminan en punta, mucho más finos que sus bases.
El Fortificador se mueve de manera pausada y retenida, como a cámara lenta. Es algo pesado en sus pisadas. Parece algo torpe corporalmente.
Se viste muy discretamente, como para pasar inadvertido, y cuida su ropa interior, que puede ser de seda natural o de raso. Usa el azul marino y el gris, que son colores discretos aunque sombríos. No le gusta llamar la atención. Cuando está en un grupo, se sitúa al borde de éste o fuera de él.
Tiene la vista muy delicada y es normalmente astígmata. Por fortuna no es un caso frecuente, pero la mayoría de los ciegos son Fortificadores.
El Fortificador es muy hogareño y él inventó la palabra hogar. Le gustan las casas humildes desde el exterior y muy sensuales y ricas en su interior, como los palacios árabes. Acumula muchos objetos porque es un sentimental, y guarda todo el relicario de los abuelos. Además compra muchos tapices orientales, sedas y brocados, maderas y cueros repujados, cobres centellantes. También le gustan las porcelanas y las figuritas. Su casa es por lo general muy recargada y, para los estetas, de gusto dudoso. Tiene predilección por los colores pastel en la decoración. Trata de evitar el negro, pero abunda en la decoración de sus espacios vitales. También colecciona muñecas y peluches y coches de tamaño reducido. Le gustan los jardines intrincados y las fuentes. Adoraría tener un laberinto en su jardín.
El Fortificador es de estatura media y parece algo achaparrado. Los indios peruanos son un prototipo excelente para la estética de esta tipología.

¿QUÉ VAMOS A OÍR? El Fortificador es muy tímido y habla lo menos posible. Cuando lo hace baja mucho el volumen de la voz, que tiene un timbre grave. En fase de disociación la voz se vuelve aflautada y gritona. El ritmo del Fortificador es lento en el hablar y tiene tendencia a repetir las palabras que quiere destacar. Cuando se le hace una pregunta, tarda un tiempo infinito en contestar y lo hace sonrojándose y sintiéndose torpe.
El Fortificador es un ser esencial en todo y le gusta elegir sus palabras. Cuando lo hace, resulta muy impresionista y se le nota que su mundo interior está regido básicamente por sensaciones. No por ideas ni conceptos ni emociones. Por sensaciones. Por eso su lenguaje puede ser tan lindo como un cuadro de Monet. En el pasaje del Principito con el Zorro, éste es un Fortificador tipo que nos puede dar una idea muy precisa y sensorial de esta tipología.
Si bien el Fortificador ha logrado el silencio interior mucho más y mejor que cualquier otra tipología, vive rodeado de una música estridente y agresiva puesta a todo volumen, que él necesita para no pensar. También le gustan el ruido y la agitación de la calle, su escenario natural.
Al Fortificador no le atrae particularmente la cultura, al menos la formalizada. Prefiere la cultura en vivo, haciéndose, en la urbe. Es muy curioso y es el paseante paradigmático. Observa apasionadamente a la gente que lo rodea. Esta es su cultura favorita.
El Fortificador tiene el mejor sentido del humor. Capta el ridículo de las situaciones que nosotros vemos como normales y que, para él, son surrealistas. Cultiva también el humor negro. Cuenta extraordinariamente bien los chistes.

¿QUÉ VAMOS A TOCAR? El Fortificador odia ser tocado y nunca se aventura a tocar a los demás. En esto se entiende bien con Reactivadores. Pero en lo de tocar nada más, porque le horroriza el desbordamiento emocional de los Reactivadores. La piel del Fortificador es húmeda, porque suda mucho. Y la carne es blanda. Si se aprieta la piel, la carne dejará un rastro, unas marcas donde se hundieron los dedos.
Aunque no tiene una sola marca ni arruga, el Fortificador parece siempre más viejo de lo que es. Esto hasta los cincuenta años, a partir de los cuales empieza a rejuvenecer y parecer menor que lo que señala su tarjeta de identidad.
El Fortificador tiene poca tolerancia a las temperaturas extremas y sufre mucho tanto de frío como de calor.
Tiene la piel muy sensible y sufre de erupciones y de alergias con mucha facilidad.

¿QUÉ VAMOS A GUSTAR? Al Fortificador le gusta mucho comer. Come bien y mucho, y él inventó los guisos amorosamente cocidos durante horas a la luz de la lumbre. Le encantan los bizcochos, las magdalenas y todo tipo de pastas. Sabe todo sobre infusiones y licores caseros. Come de todo y evita solamente carnes y pescados crudos, aunque si se les acompaña de adobos y salsas, también los comerá.
El Fortificador es un excelente cocinero, esmerado, amoroso, paciente y algo imaginativo. Le releja cocinar y nunca se pone de mal humor si hay que preparar comida para veinte personas. Es un maestro de la repostería. Y se muere por los dulces. Prefiere renunciar a cenar con tal de comerse dos postres.

¿QUÉ VAMOS A OLER? El Fortificador, como suda mucho, debe lavarse más que el común de las personas. Su piel huele a musgo y a tierra recién mojada por la lluvia tropical. No es muy olfativo, porque tiene la rabia desconectada. Los olores corporales no le suelen repugnar.
En cambio, a él es a quien más gustan los perfumes. Los adora. Los colecciona, así como a todas las esencias para baño y también los inciensos, que quema muy frecuentemente para aromatizar su casa. Regalar un perfume a un Fortificador es acertar a ciegas. Le gustan todos, los florales y los orgánicos, los de hierbas y los de minerales. El fortificador es un gran sensorial y usa con deleite todos y cada uno de sus sentidos. Esa es la base y la raíz de su gran sensualidad.

¿QUÉ VAMOS A PERCIBIR SEXUALMENTE? De entre todas las tipologías, se puede afirmar sin temor a equivocarse que el Fortificador es el mejor de los amantes. Adora hacer el amor y no tiene manías ni preferencias especiales. En general, es básicamente heterosexual, pero puede, por su insaciable curiosidad, tener una o varias relaciones con personas de su mismo sexo. No tiene tabúes.
Es discreto y no va seduciendo a su paso, como lo hace el Promotor. Es bastante fiel cuando está enamorado, al menos, al comienzo de una relación.
Es un amante detallista y paciente, y sabe controlarse y esperar a que su amante tenga todos los orgasmos posibles antes de pensar en sí mismo.
Además le encantan los ritmos lentos y sutiles de estilo oriental y es un adepto del tantrismo aún sin saberlo.
Para él, el sexo es fundamental, y puede perfectamente quedarse con una pareja inadecuada si la sexualidad es satisfactoria. Le gusta el sexo por sí mismo y no necesita, como el Reactivador, estar enamorado para tener relaciones sexuales con alguien que le guste. Y tiene un gusto para el sexo que se parece bastante a su gusto por la comida: le gustan todos los tipos de personas.
Su elección de pareja es muy conservadora. Al Fortificador le aterra enamorarse perdidamente, pues asocia el verdadero y gran amor con la muerte: cree que si se pierde ese gran amor, lo que quedará por hacer será suicidarse. Por lo tanto, se protege del gran amor casándose con personas de su misma tipología. El Fortificador es el único en hacerlo. Tiene tanto miedo a la diferencia -porque asimila la diferencia con conflictos potenciales y con tensiones- que prefiere estar a solas consigo mismo, con una persona igual que él. Casi ningún Fortificador elige a la pareja cósmica para él, a un Legislador. Prefieren evitar riesgos. Luego sueñan con Tristán e Isolda.

Análisis estructural del Fortificador:
La dimensión muy dominante en el Fortificador es el Rector y el miedo. Un Fortificador le tiene miedo prácticamente a todo. Teme el cambio y teme la costumbre, teme a la gente y teme a los animales. Teme las emociones por encima de todo, porque le parece que la gente es irracional y no sabe controlarse. El sí que sabe. Controlarse es lo que mejor sabe hacer. Se controla de tal modo, y pone un rostro tan impasible, que nadie puede jamás adivinar lo que siente. Y odia que se lo pregunten. “Lo normal, todo normal” es su respuesta favorita en esos casos.
Además del miedo auténtico, que él tiene al 100%, tiene miedo en vez de rabia y, también, miedo en vez de tristeza. Con lo cual está casi siempre en esa emoción. Y, por si fuera poco, le gusta ver películas de terror y pisar a fondo el acelerador. Así está en su salsa.
Tiene la rabia desconectada. Si alguien lo agrede o lo manipula, él sentirá miedo. Luego volverá su legítima rabia contra sí mismo y sentirá culpa. El complejo de culpa es un invento Fortificador. Se siente culpable si algo no va bien, si algo falla, si llueve y va acompañado, si alguien se cae, si alguien lo abandona, si saca malas notas. Siempre y en las situaciones más inesperadas. Miedo y culpa son sus dos emociones existenciales.
Considera la rabia grotesca. Es la emoción, además, que menos se puede controlar. Por eso le da horror. La reprime de tal modo, que su necesidad de rabia humana termina por generar una fantasía que lo aterra máximamente: cree que si siente rabia será capaz de asesinar. Cree que lleva a un asesino adentro y por eso no expresa rabia. Ni siquiera se permite sentirla. La remplaza por culpa. O por miedo.
Como su Vitalizador está desconectado, su corporalidad deja mucho que desear: es torpe y lento en sus movimientos. Tiene miedo al ridículo si deja actuar su cuerpo. Por eso pocos hacen deporte y casi ninguno baila. Afortunadamente, hace el amor.
Su Sintetizador y la tristeza los tiene prohibidos. No piensa. Cae en confusión con mucha facilidad y se puede quedar dormido en las situaciones más inverosímiles. A él le entusiasmaría poder entender las causas de todo lo que existe en el mundo. Eso es el Nirvana para él, esa es la meta imposible que ansía lograr, sí, pero a condición de no sentir emociones, y de no recuestionar a sus seres queridos, y de no romper con la rutina ni con lo establecido. O sea, nunca.
Su Protector es muy bueno y es un amigo leal y fiable. Es muy cariñoso, solidario y comprensivo. Siempre y cuando no deba elegir, no deba decir “no”, no deba jugársela por nadie. El amor está intacto, sí, pero condicionado por tanto miedo y tanta culpa, que prefiere dedicarse a otra cosa y rehuye el compromiso.
La alegría, eso sí, es la mejor de sus emociones. Es fantástica siempre y cuando se trate de disfrutar de cada placer. Para eso, es el primero en llegar y el último en marcharse. Pero si se considera la función alta de la alegría, la espiritualidad y la religiosidad, nos encontramos con que el ateo de entre todas las tipologías es precisamente el Fortificador. Ha visto tantos disparates y tanta sangre vertida a nombre de dioses que jamás ha podido tocar personalmente, que prefiere renunciar y pensar que eso de las creencias en dios es cosa de locos y que él está cuerdo y no cree en nada. Aun en los casos más extremos, en fase de culminación, por ejemplo, encontramos el budismo, que no experimenta a dios, sino que tiende a la tristeza total de la desaparición, de la dilución en el Nirvana.
El orgullo, en principio, es una de sus emociones intactas y su Transformador es de buena talla. El Fortificador es muy ocurrente, muy creativo, muy imaginativo. Cierto. Pero el Fortificador no es un auténtico creador, porque carece de dos cosas esenciales para ello: la rabia para descartar rotundamente lo que no sirve y la pasión de jugársela hasta las últimas consecuencias.
En definitiva, el Fortificador tiene la estructura más sólida de entre todas las tipologías, pues se basa en tres dimensiones sanas. Pero el exceso de miedo y la falta de rabia, así como la prohibición de la tristeza (única emoción que permite pensar) reducen el tono y la altura totales. El Fortificador vuela bajo porque si no, le entra el vértigo. Una vez pasada la hiperconexión, se convertirá en un águila y en un titán. Pero eso nos pasa también a todos los demás.

Ingeniería emocional del Fortificador:
(miedo inflado: apocamiento – rabia:culpa –tristeza: fatalismo, derrotismo) +amor +alegría +orgullo.
El Fortificador, que estamos viendo de último y una vez descritas todas las tipologías, ilustra máximamente el absurdo de éstas: he aquí al más fuerte, pues su estructura reposa sobre tres dimensiones sanas, que se siente, se presenta y actúa como si fuera el más débil. La sensación de insignificancia frente a gigantes todopoderosos empapa todo su comportamiento. Aquí el cuento sería el de Gulliver en el país de los gigantes.
En efecto, esa sensación de minusvalía en lo que precisamente es nuestra fortaleza indiscutible: nuestra competencia, nuestro talento, nuestra vocación, que hemos, todos, desarrollado en el útero de nuestra madre, con los míseros medios que estaban a nuestro alcance en un momento y en un lugar donde el otro, la madre, tenía poder de vida y muerte sobre nosotros, debería precisamente hacernos reflexionar y reaccionar.
Sin buscar responsabilidades donde no las hay, y debido a nuestra condición de mamíferos, hemos perdido el contacto con nuestro Centro en un momento en que no teníamos ni siquiera cerebro para pensar. Luego hemos perdido el contacto con nuestros ejes, antes de los cinco meses de gestación. Eso nos ha grabado, muy hondo en nuestra conciencia, nuestra sensación de impotencia ante “poderes” superiores a los nuestros y ante los cuales sólo cabía adaptarse para sobrevivir. Esta es la parte negativa de nuestra memoria prenatal.
Pero está la parte positiva, que no es poca: hemos logrado la hazaña, todos los mamíferos de la tierra, de desarrollar un contrapeso, con nuestros pobres y limitados medios de feto humano, fabricándonos una competencia, un talento y una vocación que nos devuelve la plenitud en el preciso momento de nuestro nacimiento. Es por esa competencia, ese talento y esa vocación que podemos, en un proceso entusiasmante, recuperar nuestros ejes y nuestro Centro y seguir creciendo infinitamente. Pues todos tenemos estos medios para hacerlo.
Lo que pasa es que, por algunas razones que vamos a detallar, no nos hemos podido conservar conectados como en el momento de nuestro nacimiento. Y las principales razones de esto son:
No hemos recibido las respuestas auténticas y amorosas que necesitábamos en nuestra más tierna infancia. Por lo contrario, nos han obligado a identificarnos con nuestra competencia, convirtiéndola en una caricatura que la niega. Nos han arrancado nuestro talento convirtiéndolo en objeto de burla y de escarnio, haciéndonoslo odiar tanto afuera como adentro. Nos han prohibido nuestra vocación, lo que más nos podía realizar, convirtiéndonos en adoradores de ídolos que nos niegan precisamente esa vocación por encima de todas las cosas. Estos son los dioses falsos del olimpo que adoramos cuando estamos en nuestra tipología.
Si bien los padres y los educadores tenemos la mayor responsabilidad en ese desastre, en ese asesinato del cuerpo (competencia), del alma (talento) y del espíritu (vocación), se trata de asumirlo a plenitud y de rectificar mientras es posible, es decir, mientras estamos vivos. Y nosotros, los hijos también, deberemos admitir que, en eso, nuestros padres se quisieron más a sí mismos que lo que nos quisieron a nosotros. Esa es la pura verdad. Cuando no es así estamos conectados de bebé, hiperconectados de niños, trascendidos de jóvenes y culminados de adultos. Ese es el proceso de crecimiento natural, no cuando se ayuda a un infante, sino cuando no se le estorba.
La razón de más peso para que todo ese desastre ocurra es que todos tenemos una tipología que nos hace ver la vida y las cosas de manera invertida a nuestra verdad profunda. Entonces perpetuamos esas visiones “como si” de la realidad y de la verdad se tratara. En vez de nuestro talento, en vez de ser geniales, reaccionaremos con rabia destructiva, atacando esa misma genialidad en los que más nos importan. Y les diremos que “la vida es así” . En vez de nuestra vocación, es decir de nuestra espiritualidad plena que busca el Centro como fuente y destino de nuestro ser, reaccionaremos con fobia, con horror, como si de sacrilegio de tratara. Y es ese el modelaje que vamos a perpetuar y al que llamaremos “educación”.
Y, en fin y sobre todo, el Centro, que todo lo rige y lo ordena para bien, lo remplazamos, no ya por un dios padre que es sólo la proyección de una persona en fase de culminación, limitada, a medio recorrido de su crecimiento, sextidimensional, ese dios padre de las seis religiones reveladas. No, no sólo eso, lo que ya sería trágico, sino que lo remplazamos por nuestro dios arquetipal, esa grotesca caricatura de nuestro propio Mapa desconectado. Y eso es lo que adoramos como dios y eso es lo que ponemos en nuestro Centro en su lugar. Entonces la historia de los hombres, de las familias, de los estados y del mundo es una patética historia de guerra de clanes idolátricos. Una guerra a muerte donde ganar significa perderlo todo. Así está el mundo.
Y así es el talento y la vocación del Fortificador: darse cuenta de ello con tristeza primero, con rabia libertadora después, para acceder al orgullo de ser todo lo que cada uno de nosotros nació para ser. De no asumir ese talento y esa vocación, y convertirla en pánico a la insignificancia personal, en un pánico que ninguno de nosotros tuvo ni siquiera como embrión de un día, no es de extrañar que el más fuerte parezca el más débil, ya que todo, en un mundo tipológico, está al revés.

Creencias arquetipales del Fortificador:
El Fortificador también, cómo no, tiene su dios personal, a quién venera. Se trata de Aquiles. Su cólera estuvo a punto de perder a su ejército. Hijo de un Rey y de una diosa, causa inocente de una riña entre su padre y su madre, donde pierde a su madre y es confiado a un centauro. Bañado por su madre en el río infernal para darle la inmortalidad sin que estas aguas toquen el talón por el cual era mortal y vulnerable. Ser perfecto entrenado en las artes y en la lucha, héroe invencible. Prevenido sobre el peligro de ir a la guerra de Troya, decidió enfrentar el peligro, aunque disfrazándose múltiples veces e imaginando varias tretas para escapar a su destino. Aun con armadura divina es alcanzado por una flecha en el talón y muere.
¡Esto sí que se parece a la historia de las tipologías, siendo el talón de Aquiles nuestra emoción dominante! Pero, claro, si consideramos que la armadura divina es cualquiera de los arquetipos de las tipologías y no el Centro, los ejes y la secuencia, estaremos perdidos, pues “lo que no es” es sólo causa de miedo auténtico. Así no hay escape posible.
Identificado con el héroe Aquiles, el Fortificador tiene también, cómo no, dos creencias existenciales:
El mundo es una jungla (de la cual hay que esconderse bajo el velo invisible).
Nada puede cambiar (de todas maneras te terminan cogiendo).
Su Drama Existencial, D.E.: “Si no fuera por…” Convencido de su impotencia y de su insignificancia, el Fortificador hecha balones afuera para no pensar y así no encontrar opciones y para no sacar rabia y decir no. Así su perenne sentimiento de culpa se mantiene, pues el sentimiento de culpa se basa en la creencia de que siempre hay un culpable. Si no lo encuentra adentro, porque es inocente, lo busca afuera y justifica así su inmovilidad. Si no fuera por los políticos, por la suegra, por el jefe, por los inmigrantes, etc ¡qué fácil sería vivir! Así se queda quieto, y, el más fuerte, se presenta como la mayor víctima impotente.

Perfil psicológico de la tipología Fortificadora:
El Fortificador tiene una cualidad humana tan extraordinariamente alta como el Reactivador. Pero su decisión existencial es la opuesta a la de éste: mientras el Reactivador se lanza a pecho descubierto, ignorando todos los peligros reales, el Fortificador se esconde dentro de su caparazón y exhibe un cartel que reza “aquí no hay nadie, no hay nada”. Donde existe el mayor reservorio de respeto, sensibilidad, fortaleza, sutileza del ser humano, parece haber un gran vacío, un auténtico desierto.
El Fortificador es considerado y respetuoso. Jamás invade el territorio, las pertenencias ni la interioridad de nadie, aunque éste lo invite a ello, como el Promotor o el Reactivador; aunque a éste no le importe, como el Constructor o el Revelador. Él trata a todos como si fueran Legisladores.
Pero no se aplica a sí mismo el mismo tratamiento. Se traga sapos y culebras sin rechistar. Aunque es muy orgulloso y el más sensible de todos, hasta parece a veces que no tiene dignidad. Se le puede, o al menos, los demás así lo creen, decir de todo y en las formas más ordinarias. Porque controla totalmente su rabia, porque es sumamente educado y odia lastimar, todos creen que no tiene ninguna sensibilidad. De niño, a veces tuvo padres brutales que lo maltrataron físicamente y, como no lloriqueaba ni se enfadaba, dedujeron que era masoquista y lo pegaban rutinariamente, para que se quedara tranquilo.
Pero lo que pocos saben es que el Fortificador tiene una memoria de elefante y no olvida una sola cosa que hagan con él. Ni olvida las buenas, por las cuales queda en deuda de por vida, ni olvida las malas. Pero estas últimas sólo le confirman su creencia existencial de que el mundo es una jungla y que todos somos así de desconsiderados.
El Fortificador se ve como el más maduro y realista de todos los humanos. Los demás estamos tan dominados por nuestras pasiones y emociones, que no nos damos cuenta del ridículo en el que nos situamos de continuo. Los demás lo ven como alguien soñador, en las nubes, y muy insensible.
El Fortificador se divierte en la vida más que ninguno de nosotros. Para ello sólo necesita observarnos. Tiene una capacidad de observación fuera de serie y posee un don para la caricatura y un sentido del humor que disuadiría a muchos de intentar dárselas de listo con él. Él rompe sus caricaturas, a menos de estar preconectado y dedicarse a la comicidad, en lo cual es genial. Los demás creen que, sencillamente, no vio nada, no pensó nada. Todos se comportan con él como si fuera transparente. Es lo que el Fortificador más desea por otra parte. Y lo consigue, ¡vaya si lo consigue! Así puede seguir divirtiéndose con el grotesco espectáculo que damos los demás.
El Fortificador no es orgulloso. Mas bien tiende a minusvalorase en todo, salvo en una cosa: está orgulloso de su autocontrol. Él puede poner y pone cara estatuaria e impenetrable, puede controlar sus emociones y sus sensaciones, y hasta el latido de su corazón.
El Fortificador es muy sensible, ya lo vimos, muy sensorial, sí, pero es además sumamente inteligente. No lo manifiesta, a veces por temor a destacarse y a que le encasqueten una responsabilidad o un compromiso, a veces para no herir las espesas inteligencias ajenas.
El mayor reto, la mayor pasión del Fortificador es el control y el entendimiento del tiempo. No del espacio. Porque el espacio, ya decidió, de una vez por todas, no ocuparlo. Por eso su cuerpo protesta y engorda, para ocupar su propio espacio. Pero el tiempo, bajo todas sus formas, es su inquietud existencial. Él alcanzó el silencio interior, ese que todos buscamos y que el Legislador jamás encuentra porque está asediado por diálogos internos. No entiende cómo los demás se agitan y entran en diálogo con figuras fantasmales interiores que les exigen notoriedad, reconocimiento, fama, halagos, afectos, dioses, competiciones. Por ello, el Fortificador se considera el único cuerdo en un mundo de locos. Y agradece a la suerte estar en un mundo tan divertido, donde basta asomarse a una calle, a un tren, a un avión para ver desfilar el zoológico de las pasiones humanas.
El tiempo es vivido por el Fortificador con deleite: segundo a segundo, de manera secuencial en la que cada segundo es único y distinto y, a la vez, como si todo su tiempo de vida y todo el tiempo de la humanidad se pudieran condensar en un solo segundo, único e idéntico a sí mismo. Vale decir que el único en vivir diariamente y hora a hora la ETERNIDAD es el Fortificador. Así como el Reactivador vive paso a paso y hasta en la total inmovilidad la infinitud. Los demás creen, y se irritan por ello, que el Fortificador es una piedra y que jamás cambia en nada.
El Fortificador sufre. Y mucho, además. Sufre por la patanería circundante. Sufre por la brutalidad de todos. Sufre por la injusticia perenne. Sufre por la falta de compasión que hace llorar su corazón tiernísimo. Sufre por las relaciones de poder que parecen enloquecer a todos los humanos. Sufre por las enfermedades, el hambre y las miserias. Y, para aportar lo suyo a la mejora del mundo, con la que sueña, él se conforma con no tener necesidades, con no necesitar nada material, ni emocional, ni mucho menos, espiritual. Es sobrio como un camello y adiestrado en cruzar desiertos, como él. Con la diferencia de que el único oasis que necesita lo lleva puesto: es su coraza, con la que engaña al mundo sobre su supuesta debilidad. Eso es, para un Fortificador, ser fuerte de verdad. Y ser sabio.
Como muestra suprema de su sabiduría, el Fortificador no necesita a dios. Mientras los demás se matan a diario en nombre de dioses a cuál más grotesco, según su visión, él ha decidido que dios jamás existió. No porque el mundo está mal hecho, pues él se divierte un montón viviendo y es muy longevo, sino porque nadie lo necesita. Él ve a dios como al padre o la madre que todos buscamos para ser sus niños protegidos. Él siempre ha sido adulto y tiene un tal recuerdo de su niñez y de sus padres que, francamente, preferiría dejar de vivir antes que volver a esa pesadilla.
La relación que el Fortificador tiene con la rabia es la del más absoluto desprecio. La ve como la falta total de autocontrol, o sea, la decadencia máxima. No realiza para nada que la culpa, con la cual vive minuto a minuto y que cree propia de la existencia “normal”, es rabia no canalizada y revertida contra sí mismo. Cuando se lo dicen, mira con ojos desorbitados por la extrañeza: ¿Se puede vivir sin culpa? ¿Si saca rabia, no saldrá el asesino que guarda en sí? ¿No lo dominará por completo? Y, antes de pensar en la respuesta, huye. “No hay que escuchar a locos”. Y sigue su plácido camino de paseante. Cree que la no violencia es la clave y la solución de todos los males del mundo.
Sin embargo, la tristeza, cree él, es su talón de Aquiles. Ante ella se siente débil y desarmado. No la tolera. En cuanto pierde o se pierde algo, siente terror: si algo se deterioró, si algo se perdió, sucederá la catástrofe que siempre temió: todo se perderá, todo. El mundo entero se acabará. A continuación se siente culpable: fue por su culpa, por no estar suficientemente atento que eso se perdió. Y, tras un agotador autoexamen, al no encontrarse fallo alguno, encuentra a algún culpable afuera y recurre a su Drama Existencial: “Si no fuera por…” y se queda tranquilo.
Como vemos, la vida interior de un Fortificador es muy intensa y rica sólo que no se plasma en nada afuera, y, para los demás, salvo si se trata de un hijo o de algún bebé entrañable, la verdad es que, si no existiera, no se le echaría tampoco de menos. En eso el Fortificador, a quien le gusta llevar la corriente, estaría de acuerdo. De todas formas. vivir es una farsa o un sueño, o un malentendido. Sin más.
Como padre, el Fortificador es maravilloso. No castra ni interfiere en el desarrollo de sus hijos, ni en su originalidad y personalidad. Lo que pasa es que pocos Fortificadores desean tener hijos, por lo del sinsentido de la vida. Y, los que lo desean, tienen espermas tan lentos, tan frenados por el miedo, que no llegan al óvulo. La esterilidad es, las más veces, un fenómeno Fortificador. Necesitan conectar la rabia y la tristeza para remediarla.
Como amo de casa es muy hogareño y le gusta reunir a sus seres queridos en ella. Es detallista, paciente, indulgente, y le encanta la variedad y diversidad de los prototipos humanos. Se come comida casera, muy amorosamente cocinada durante horas y horas. Le gusta la casquería, las lentejas, los platos confitados, los postres sencillos y caseros, y cocina muy bien. No es muy imaginativo y, a veces, es un poco tacaño.
Para él la familia y la tradición, las costumbres son muy importantes. Le dan seguridad y sólo cuenta con ellas en esta jungla que es la vida.
Se suele casar plácidamente con alguien de su misma tipología, con quien no tendrá nunca conflicto alguno, ya que ven la vida de la misma forma. Junto a ella vivirá, si acaso tendrá hijos que adorará, envejecerá, a veces tendrá alguna aventurilla bien exótica y peligrosa, que lo hará valorar aún más su hogar, y morirá. Y eso es todo. Todo termina en donde jamás hubiera debido empezar: en la nada.
Los animales con quien más se le pude identificar son la tortuga y el elefante. Por lo demás, no tiene especial amor por los animales: prefiere el zoológico humano.
Lo único que lo desespera de sí mismo es que, de cuando en cuando, muy raras veces, se ve sumergido por un mar de sensaciones y por un marasmo emocional que le hacen perder el control y temblar, como si de una crisis de epilepsia de tratara. Jamás encontró explicación a eso: es sólo tristeza acumulada, con la cual no quiere entrar en contacto. Él bien sabe que cuando los demás lo obligan a concientizar o a compartir la tristeza, se bloquea, pone la mente en blanco, y no piensa. Si lo obligan a ello, entra en una total confusión. No le gusta pensar. Si se piensa mucho, uno termina pegándose un tiro, así, por las buenas, sin más.
No sabe que ocurre precisamente lo contrario: pensar elimina los problemas. Por eso, la mayoría de los suicidios los cometen los Fortificadores. Y si no lo hacen conscientemente, lo harán quedándose dormidos al volante o pisando el acelerador, lo que les encanta.
Mientras pasa su vida sin pena ni gloria, el Fortificador paga las consecuencias de su decisión de vivirla a media luz: como no quiere pensar ni plantearse problemas, como no expresa rabia, como no tiene vida espiritual su cuerpo le pasa factura y se siente mal. Somatiza los problemas. Como la medicina actual no trabaja sobre las causas de las enfermedades sino sobre sus síntomas, le hacen exámenes y no encuentran nada. Por eso todos dicen que es hipocondríaco. Luego surge un bloqueo renal, o un cáncer linfático “imprevisible”.
Profesiones: Investigador. Caricaturista. Miniaturista. Jardinero. Monje de clausura. Reportero en las guerras. Circo. Payaso. Relojero. Ingeniero. Humorista.

F.E.E.: ( miedo inflado: apocamiento –rabia: culpa –tristeza: fatalismo) +amor +alegría + orgullo.

Fases de evolución tipológica:
FORTIFICADOR CONECTADO: FORTIFICADOR – CONSTRUCTOR.
Conserva las cualidades de su Mapa: Es fiel, discreto, intimista, amable, soñador, resistente. Es un caricaturista y un humorista nato. Es soñador, secreto, discreto, permisivo, paciente. Es muy agradecido y considerado, sacrificado, maduro, muy inteligente y trabajador. Es detallista, sobrio, austero, puro. Gran sentido de observación. Es capaz de ver lo ridículo de cada magnificación o descalificación. No da consejos a los demás. Es el menos propenso a contraer enfermedades graves ( porque su estructura reposa sobre tres emociones auténticas).
Además, se convierte en persona en toda su magnificencia, la norma y prototipo de lo posible humano. Luchador infatigable y humilde que construye, en el lugar y momento en el que esté, un oasis que sirva de referencia, modelo y norma para los demás. Es un líder auténtico que contagia optimismo y confianza a través del ejemplo personal. Un ser humano que irradia la alegría de la certeza de encontrar la frontera de lo posible y convertir el sueño en realidad. Un juez justo y firme. Un valiente. Un amigo verdadero. El eje y centro de la vida en sociedad.
Se sitúa con algo de recelo en el camino de la hiperconexión y de la trascendencia. Necesita ayuda, guía y modelaje para hacerlo. Se pone en el camino de un Brahms.
Profesiones: Juez. Legislador. Presidente. Poeta. Político. Organizador. Coordinador. Cantante.
F.E.E.: (miedo + rabia + tristeza) + amor + alegría +orgullo.
D.E.: ninguno.
Usa el 80% de energía innata y forma parte del 2% de la población de Fortificadores.

FORTIFICADOR PRECONECTADO: FORTIFICADOR-REVELADOR:
Es un genio de lo absurdo, de lo cómico, de lo caricatural, de lo surrealista. Es el paseante que todo lo ve y lo cuenta a su modo, sintético y percutante. Es un creador discreto y marginal (en el sentido de no estar en ninguna corriente). Vive en su burbuja de cristal.
Pero cree demasiado en el poder de la risa como arma de denuncia y para desenmascarar las injusticias. Teme la confrontación y la violencia. Se culpabiliza con los más manipuladores. Desconfía de todos y de sí mismo más que de todo. Tendencia al alcohol y a la anorexia. No acepta puestos de mando ni de responsabilidad.
Profesiones: Artista. Cómico. Cineasta. Periodista. Caricaturista. Biólogo. Escritor.
F.E.E.: (miedo – rabia (apocamiento) –tristeza (impotencia) ) +amor + alegría +orgullo.
D.E.: “Si no fuera por…” y “sí…pero”.
Usa el 40% de energía innata y forma parte del 15% de la población de Fortificadores.

FORTIFICADOR EN EL MAPA: FORTIFICADOR-FORTIFICADOR.
Corresponde en todo a la descripción del comienzo.
Usa el 30% de energía innata y forma parte del 10% de la población de Fortificadores.

FORTIFICADOR DESCONECTADO: FORTIFICADOR-REACTIVADOR:
Se atreve a acercarse a los demás, aunque se deja el pellejo en cada encuentro. Está lleno de piedad hacia los que sufren y de severidad consigo mismo. Es tierno y agradecido. Es absolutamente fiable y puede ser un gran artista. Valora la amistad por encima de todas las cosas de este mundo.
Pero es más vulnerable que nunca y es capaz de morir por un amor no correspondido. Sueña con un orden Reactivador conectado, pero no se atreve a creer en él. Es masoquista y elige mal a su entorno. Salva a Reactivadores y a Promotores disociados. Es infeliz y propenso a enfermedades neurológicas (epilepsia, esclerosis múltiple) y renales. No se mueve por temor a dañar. No confía en sí mismo.
Profesiones: Médico. Sacerdote. Confesor. Docente. Misionero. Artista.
F.E.E.: ( miedo inflado: intimidación –rabia:culpa –tristeza: masoquismo) –amor: desconfianza +alegría + orgullo.
D.E.: “Si no fuera por…” y “Sólo trato de ayudarte”.
Usa el 20% de energía innata y forma parte del 55% de la población de Fortificadores.

FORTIFICADOR PREDISOCIADO: FORTIFICADOR-PROMOTOR.
Es el hombre de confianza ideal para todo dictador, todo inescrupuloso.
Aterrado por un mundo sin amor, que ve como una jungla donde el más fuerte se traga al débil, renuncia a su esencia y se pone al servicio del más cínico. Es trepador, inescrupuloso y envidioso. Sube y luego se estrella aparatosamente. Es adicto a las anfetaminas, a la cocaína y al alcohol. Es propenso al cáncer, a leucemias, a espasmos circulatorios, a accidentes de circulación y a inversiones de patrones sexuales y sociales. Se somete a todas las corrientes de moda. Es hipocondríaco.
Profesiones: Mafioso. Policía inescrupuloso. Político. Corredor de moto, avión o coches.
F.E.E.: (miedo inflado: cobardía – rabia: fanatismo –tristeza: nihilismo) – amor: narcisismo –alegría: sacrilegio –orgullo: proselitismo. Además invierte el eje rabia-alegría.
D.E.: “Si no fuera por…” y “Cheque de goma”.
Usa el 3% de energía innata y forma parte del 15% de la población de Fortificadores.

FORTIFICADOR DISOCIADO: FORTIFICADOR-LEGISLADOR.
Es el soldado ideal de un grupo terrorista, es el kamikaze perfecto y el “mártir que muere en guerra santa. Es el verdugo frío de campos de concentración.
Mata a sangre fría y luego come y acaricia a su perro. No siente nada. Sólo lo excita el sadomasoquismo. Es un asesino a sueldo, un funcionario de la muerte, un carcelero. Está deshumanizado. Le encanta dar órdenes dictatoriales y militaristas. Puede sufrir un bloqueo renal o un espasmo coronario o pulmonar mortal. Se puede suicidar con deleite y de manera ritual (harakiri) en nombre de un arcaico y tribal código del honor.
Profesiones: Soldado. Policía de interrogatorios. Político. Verdugo. Mercenario. Kamikaze. Terrorista.
F.E.E.: ( fórmula letal: falso miedo inflado + falso orgullo inflado) e inversión de los dos otros ejes: amor en vez de tristeza: martirio, masoquismo y tristeza en vez de amor: necrofilia + rabia en vez de alegría: sacrilegio y alegría en vez de rabia: fanatismo e idolatría.
D.E.: “Si no fuera por…” y “Defecto”
Usa el –16% de energía innata y forma parte del 3% de la población de Fortificadores.

El Esplendor de lo Humano - Preciada Azancot
 
Extracto del libro “EL ESPLENDOR DE LO HUMANO”,  de Preciada Azancot
©Preciada Azancot
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EL ESPLENDOR DE LO HUMANO, día 14: NUESTRA CONEXIÓN CON EL MUNDO

Extracto del libro “EL ESPLENDOR DE LO HUMANO”,  de Preciada Azancot
©Preciada Azancot

Ya conocemos, al menos desde un aspecto de iniciación resumida, nuestra estructura humana universal y también nuestra energía disponible para poner en marcha esta estructura, es decir nuestras seis emociones auténticas innatas. Pero aún no podemos hablar de ingeniería estructural. Falta el conocimiento de una tercera dimensión: el conocimiento de nuestros seis sentidos.

Nuestros sentidos son nuestras antenas al mundo. Las que nos permiten captar la realidad de nuestro entorno y responder ante ese entorno. Nuestro cuerpo es el receptáculo del universo.
El MAT considera seis sentidos: tacto, oído, olfato, gusto, vista y sexo. Cada sentido es una antena especializada en el funcionamiento de una de nuestras seis estructuras y en una de nuestras seis emociones.
Estos descubrimientos nuestros han sido comprobados científicamente en nuestras investigaciones hospitalarias durante tres años a tiempo completo en el Hospital de la Princesa de Madrid.
En esta obra no mencionaremos la parte técnica ni mecánica de los sentidos, sino sus funciones exactas en el funcionamiento de nuestra estructura de personalidad. Dejaremos el aspecto técnico a investigadores más calificados que nosotros.
El MAT muestra que cada uno de nuestros seis sentidos es una antena especializada que capta toda la información y los estímulos necesarios para poner en marcha una de nuestras estructuras. Una sola. Cuando falla un sentido, afecta a la estructura y a la emoción correspondiente. Y cuando falla la emoción y afecta a la estructura, falla el sentido correspondiente.
El ser humano es un ente sensible porque tiene seis sentidos. No porque tiene emociones. La emoción es la energía interna que hace funcionar la estructura. El sentido es la instalación externa que nos permite captar la totalidad de la realidad accesible al ser humano. Los sentidos captan estímulos y nos dan cuenta de parte de la realidad total en la cual estamos inmersos. Nuestros sentidos son instalaciones maravillosas y, también, muy limitadas. Sin embargo, si los ponemos a funcionar plenamente, descubriremos un mundo extraordinario.
Al igual que, como ya vimos, no hemos descubierto ni educado nuestras estructuras y nuestras emociones, tampoco hacemos nada por afinar y usar nuestros sentidos. Si lo hacemos, descubriremos un universo de sensibilidad maravillosa. Al igual que usamos una capacidad mínima de nuestra estructura y de nuestras emociones, somos también subdesarrollados en el uso y manejo de nuestros sentidos.
Nuestros sentidos provienen todos de nuestro Vitalizador. Recordemos que una de las funciones de nuestro Vitalizador es la de repartir, para que la justicia reine y que cada estructura dé lo mejor de sí y crezca hasta límites infinitos. Cuando somos un embrión de un día, ya nuestro Vitalizador hace la repartición especializada. Por lo tanto, si nacemos con un sentido que falla esto se debe un poco a un fallo del Vitalizador y mucho a un fallo de la estructura correspondiente.
Nuestros sentidos son incompletos y limitados. Todos sabemos que, sobre la tierra, hay animales que tienen, alguno de sus sentidos, infinitamente más desarrollados y potentes que los nuestros. Para dar un ejemplo sencillo sabemos que un perro tiene un oído capaz de oír perfectamente los ultrasonidos, mientras que el nuestro es enteramente sordo en ese aspecto. Un perro tiene un olfato capaz de recordar un olor durante años y capaz de seguir la pista y el rastro de un animal o de un humano durante kilómetros y después de días. Hay animales capaces de ver lo absolutamente invisible por nosotros. Sin embargo, para las funciones que un ser humano ha de desempeñar, nuestros sentidos tienen una potencia y un alcance más que suficiente. Ojalá, como para el resto de nuestros tesoros estructurales y emocionales, seamos capaces algún día de usarlos y de disfrutar de ellos a plenitud.
Examinemos ahora cada uno de nuestros sentidos y su función en nuestra ingeniería estructural.

I. EL TACTO:
El tacto es el sentido más extenso y grande del cual disponemos. Cubre toda nuestra piel. La piel cubre todo nuestro cuerpo. El tacto cubre también nuestras mucosas exteriores. No entraremos, como ya dijimos, en ninguna consideración anatómica, materia en que somos totalmente ignorantes y que, además, sería tema de futuros desarrollos e investigaciones de especialistas. Nos vamos a limitar a la mera ingeniería estructural, que es el MAT.
El tacto está relacionado con nuestro Rector y con el miedo auténtico y es la antena responsable de favorecer y garantizar nuestra seguridad y nuestra armonía.

SISTEMA MAT DE SEGURIDAD - Preciada Azancot

SISTEMA MAT DE SEGURIDAD – Preciada Azancot

En efecto, si hacemos unos simples ejercicios de imaginación, captaremos plenamente la certeza de nuestro descubrimiento:
Imaginemos que estamos totalmente desollados, despellejados. Si cerramos los ojos y nos imaginamos sin piel, caeremos inmediatamente en el terror. Nada nos podría, ni tan siquiera, rozar. El tacto es el sentido garante y guardián de nuestra seguridad.
Gracias a nuestro tacto podemos evitar todos los peligros del entorno antes de que sea demasiado tarde: sabemos lo que está cálido es agradable y lo que está ardiendo y puede destrozar nuestro sentido. Sabemos lo que está helado para soltarlo a tiempo y no gangrenarnos. Sabemos lo que está hecho para confortarnos y no picar o arder. Sabemos distinguir lo que es suave y acariciable de lo que es rugoso, áspero y rechazable. Sabemos lo que es duro y lo que es blando. Lo que es seco y lo que es húmedo. Lo que nos puede dañar y lo que nos puede gustar. Lo que está sano y lo que está descompuesto. Lo que está duro y lo que está maduro. Y, sobre todo, para el correcto funcionamiento de los ejes, lo que es existente y lo que no lo es.
Si ustedes nos lo permiten, vamos a redactar algunos ejercicios que les harán experimentar los descubrimientos del MAT, dirigiéndonos, en primera persona a cada uno de ustedes para que puedan seguir paso a paso los ejercicios en un diálogo personalizado: tú-yo.

1) Imagina que has contraído una extraña enfermedad que te deja sin ninguno de tus sentidos: sin tacto, sin oído, sin olfato, sin gusto, sin vista y sin sexo. ¿Cómo te sientes? ¿Cómo eres hoy? ¿Qué sabes? ¿Cuál es tu universo? ¿Qué piensas hacer acerca de tu futuro?
Haz ese ejercicio con un amigo y compara vuestras reacciones, creencias y decisiones.
2) Ahora tienes sólo tacto: explórate, explora tu mundo. ¿Qué sabes? ¿Qué sientes? ¿Qué posees? ¿Qué piensas hacer?
3) Ahora tienes tus seis sentidos: toma contacto con tu piel. Tu piel es tu coraza sensible ¿Lo percibes? ¿Percibes que, además de sensible es reactiva? ¿Qué emoción es la que domina en ti?
4) Ahora cierra los ojos y toma contacto con cada parte de tu cuerpo, con la piel que recubre cada parte de tu cuerpo. Comienza por la cabeza y ves bajando hasta los dedos de los pies. ¿Qué has sentido? ¿Has sentido hormigueos, frío, calor en algunas partes más que en otras? Anota tus descubrimientos.
5) Con unos amigos que acepten hacer este ejercicio contigo y se sitúen detrás de ti, a tu espalda: cierra los ojos y pide a cada uno que haga, por turno, el mismo ejercicio contigo sin decirte su nombre ni identificarse de ningún modo. Cada uno se deberá acercar por detrás y situar su mano a unos diez centímetros de tu nuca. Cuando todos pasen, identifica con qué número o números has percibido más o menos sensaciones y si esas sensaciones fueron agradables o amenazantes.
6) De la misma forma que en el ejercicio anterior pide a cada uno, sin que se identifique, que te toque la nuca, la espalda y los riñones. Compara tus sensaciones con cada uno de tus amigos y verifica si las sensaciones agradables o desagradables se dan con las mismas personas que en el ejercicio anterior.
7) Ahora imagina que tienes tus sentidos pero que te falta el tacto. De entre las funciones de tus seis estructuras (Seguridad, Desarrollo, Justicia, Estatus, Pertenencia, Plenitud) ¿Cuál es la que más te falta? Si has elegido la plenitud, ¿cuál es la que viene a continuación?
8) Ahora imagina que estás desnudo e inmovilizado en posición horizontal, tendido (a) en el suelo. Imagina que te vendan los ojos y que hacen recorrer tu cuerpo por ratas, serpientes, sapos y gusanos. ¿Qué descubres? ¿Cuál es tu emoción dominante? ¿Qué estructura desearías poner en juego para detener ese suplicio?
9) Ahora rodéate de varios objetos de texturas diferentes, cierra los ojos y pide a tu compañero de ejercicios que te acerque cada objeto sin decirte cual. ¿Qué descubres? ¿Qué tipo de objetos identificas mejor?
10) Ahora imagina que sientes miedo, mucho miedo. ¿Qué es lo que más necesitas para acceder a una mayor seguridad? ¿Que te toque alguien en quien confías? ¿O prefieres que te miren, te huelan, te chupen, te oigan o te penetren sexualmente?

Si hemos hecho bien los ejercicios, descubriremos la absoluta relación entre la piel y el tacto con el miedo auténtico. Y, también con una estructura muy en particular: con el Rector. En efecto, nuestra piel es nuestra única coraza de seguridad, la que nos permite alejarnos de lo peligroso y dañino y acercarnos a lo seguro.
Cuando nuestro Rector funciona alimentado por miedo auténtico, sabemos, a distancia, percibir que una persona o animal peligroso se acerca, porque nuestra nuca, nuestra espalda y nuestros riñones están más especializados que el resto de nuestra piel para garantizarnos la seguridad.
Sabemos, con sólo mirar la piel de otra persona, si esa persona es tóxica o atractiva y segura.
Sabemos, con sólo estrechar la mano de una persona, si esa persona es segura o no.
Sabemos que cuando tenemos miedo sudamos, y reconocemos ese miedo, las más veces inflado, en la tersura o humedad de la mano que estrechamos.
Sabemos, en el eje miedo- orgullo, que cuando tenemos las manos sudadas tenemos miedo y que cuando sentimos orgullo la piel es cálida y seca. Y sabemos detectar esas dos emociones en la piel de los demás.
Ahora bien, hay un abismo entre tocar y palpar. Cuando tocamos estamos utilizando nuestro tacto, nuestro miedo y nuestro Rector de manera mecánica, devaluada y superficial. Cuando palpamos y nos concentramos en esa tarea preciosa, milagrosa, sabemos detectar todos lo matices de la auténtica seguridad. Percibimos nuestro contacto con el dónde de las cosas. Entramos más y mejor en nosotros mismos y diagnosticamos mejor lo ajeno. Por eso los bebés acarician su osito preferido o un trozo de cobija o de almohada para sentirse más seguros.
Es increíble darse cuenta de cómo nuestra capacidad más alta rectora, la de diagnosticar y la de detectar la armonía, crece y se afinca si nos ejercitamos a palpar cosas, personas y a nosotros mismos. Vale la pena ensayarlo.
Al igual que cada una de las seis emociones, el miedo tiene su color relacionado que lo expresa mejor y que esa emoción se introduce en nuestro cuerpo por su sentido correspondiente cuando llega cómo estímulo del entorno. EL COLOR DEL MIEDO ES EL MORADO.
Hagamos un último ejercicio: Cierra los ojos y visualiza que una gran energía morada o violeta se introduce por todos los poros de tu piel y llena tu cuerpo. Deja penetrar y actuar esa gran energía dentro de ti durante tres minutos. Antes de abrir los ojos, haz que el color se vuelva más denso y fuerte, más oscuro también, en tu nuca, tu espalda y tus riñones. Abre los ojos y verifica cómo te sientes.
Si ese ejercicio se realizó bien, estarás sintiendo mayor seguridad, mayor armonía y confianza en ti. Haz ese ejercicio cada vez que necesites fortalecer tu Rector y conectar a éste tu miedo auténtico para lograr mayor seguridad.
Podemos verificar la gran y estrecha relación que existe entre el color violeta, en toda la gama que va desde el morado hasta el lila, con el miedo y su función, la seguridad. El violeta es la expresión del miedo y de la seguridad en la gama cromática. Para verificar eso, podemos hacer varios ejercicios, como son el de tapizar o pintar una habitación de color violeta cuando lo que se quiere reforzar es la sensación de seguridad, ponernos una prenda de vestir morada cuando tenemos miedo y ver si accedemos a una mayor seguridad, rodearnos de objetos de uso diario de color violeta si notamos que nuestro fallo estructural está en el Rector o si necesitamos conectar mejor el miedo. Funciona. Nosotros, en nuestros seminarios, hemos podido comprobar el gran efecto benéfico del color violeta sobre el funcionamiento del Rector, sobre la conexión con el miedo auténtico y sobre la mejora de enfermedades de la piel, del pulmón y de los nervios.
Además hemos hecho una profunda investigación sobre el uso de los colores preferentes de los grandes pintores en función de su estructura de personalidad y de su funcionamiento tipológico emocional. Sin saber todo esto que estamos desvelando, buscamos colores específicos según nuestro estado de ánimo para vitalizarnos.
Y, por fin, hemos podido comprobar que las personas que carecen de miedo auténtico soportaban sin reaccionar contactos avasalladores e invasores y los actuaban avasallando a los demás, mientras que las que tienen esa emoción exaltada son recelosas y rechazan los toqueteos. Hemos podido comprobar que cuando se conectaba bien el miedo los problemas de piel desaparecían.
Un buen ejercicio de meditación sería hacer penetrar por todos los poros de tu piel una gran ENERGÍA VIOLETA DE SEGURIDAD y conservarla dentro de ti dos minutos. Al tercer minuto, densificar e intensificar el color en tu nuca, espalda, riñones.

El Esplendor de lo Humano - Preciada Azancot

El Esplendor de lo Humano – Preciada Azancot

Extracto del libro “EL ESPLENDOR DE LO HUMANO”,  de Preciada Azancot
©Preciada Azancot