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La niña que venció a la muerte

En estos tiempos tan difíciles en las que llueven las amenazas, agravadas por el mes de Av, os envío uno de mis cuentos (“Cuentos de la Abuela“) para que ninguno de mis amigos pierda el ánimo ni la positividad.

LA NIÑA QUE VENCIÓ A LA MUERTE

Érase una vez, una niña muy enfermiza y débil, aunque delicada y bonita, que vivía junto a sus amados padres. Sólo ella podía entender lo de “amados”, pues éstos eran zafios y brutales a más de en exceso pragmáticos. Según ellos, la vida de padres giraba alrededor de dos grandes verdades: cada hijo debía tener una utilidad evidente e inmediata, y “la letra, con sangre entra”. Eso es lo que habían aprendido de sus propios padres, y seguían dichas enseñanzas a rajatabla. ¿Pero qué utilidad podía tener una niña tan enfermiza, delicada y débil que se la pasaba gimoteando todo el día y que por más palos que recibiera no aprendía a curarse ni a ser de alguna utilidad para sus sacrificados progenitores? Pues ¿no era empecinamiento el suyo, el no querer servir para nada útil? Pero la niña era tan terca como los dos zafios campesinos que la habían engendrado, y más éstos la castigaban, más enfermiza se ponía. Hasta el extremo de ya no abandonar la cama, salvo para tenderse lánguidamente sobre el sofá, contando los minutos y contemplando las manecillas del reloj de pared.

Observar el tiempo pasar sin moverse de su sitio se convirtió muy rápidamente en su pasatiempo preferido. ¿Pues qué hay en verdad -pensaba la niña- más apasionante que estar inmóvil y absolutamente quieta interiormente mientras los ojos permanecen fijos sobre las manecillas del reloj? Sí, ver el tiempo correr mientras ella permanecía gélida y congelada, como si de una piedra se tratara, le daba sentido a su vacía vida y le permitía resistir los embates verbales –y no sólo verbales, pues su padres no se privaban de insultarla y de pegarla- y otros maltratos de quienes repetían, al hacerlo, que estaban ya hartos de sacrificarse por ella sin recibir nada a cambio. Y, ella, Petra, pues así se llamaba la niña, sólo respondía a tantas presiones poniéndose aún más enferma y débil, y gimoteando aún más.

Cuentos de la abuela: La niña que vencio a la muerte - Texto y dibujo de Preciada Azancot

Cuentos de la abuela: La niña que vencio a la muerte – Texto y dibujo de Preciada Azancot

Así que un buen día, como un jeque petrolero se encaprichó de la niña que pensó ideal como dama de compañía para la favorita de su harem, estéril ella y gimoteante también, ofreció a los padres comprársela a cambio de duplicar el tamaño, muy reducido en verdad, de sus tierras de labranza. Los amados padres de Petra no dudaron en vender a la niña y agradecer al Señor tan buena fortuna. En cuanto al jeque petrolero, encontró muy ocurrente y aleccionador para su favorita el regalarle a esa niña, bonita y delicada, sí, más tan débil y gimoteante -¡mujer al fin!, pensaba él- que le dejara bien claro lo que pensaba en el fondo, de una mujer que no era ni siquiera capaz de darle hijos varones, como era el deber de toda mujer que se preciara de serlo y aspirara a obtener la gratitud de un hombre. Como dijo a la niña que en su palacio sobraban divanes de seda en los cuales su mujeres permanecían indolentemente tumbadas todo el día, como obligación de disponibilidad para con su amo y señor, y que también sobraban relojes en todas las paredes y hasta en mesillas repletas de golosinas, para esperar anhelantes la visita del amo y colmarlo de atenciones, Petra se sintió muy conforme, aunque gimoteó un poco más fuerte al ser separada de sus amados padres.

El jeque petrolero se llevó muy lejos a la niña, allá donde la vegetación sólo crece en un tipo de islas plagadas de palmeras y de fuentes, en medio del océano pétreo del desierto interminable. ¡Ah, cómo le gustó el desierto a Petra! Tanto y tanto le gustó que enseguida olvidó a sus padres y se adaptó muy dócilmente a su nueva vida. Sí, esa vida era su sueño de siempre hecho realidad: estaba rodeada de mujeres, indolentes y gimoteantes como ella, nada había que hacer en todo el día, salvo mirar las horas pasar; los esclavos les traían incesantemente golosinas, vestidos de seda suaves, y casi nadie hablaba porque todo lo que había que contar de ese tipo de vida en la cual nada pasaba, ya se lo habían contado hasta la saciedad. Claro está que las mujeres se dedicaban también a intrigar contra las demás, muy en particular contra las últimas en llegar al harem, pues eran objeto de atenciones especiales, aunque fugaces, por parte del jeque que apreciaba la novedad y también, eran más bellas y jóvenes, necesariamente. Pero estos pasatiempos no interesaban a la niña ya que era aún demasiado joven para apreciar tales esgrimas. Además, siendo tan frágil y enfermiza, no tendría ninguna esperanza de convertirse cuando creciera en favorita de harem, ni siquiera en nueva concubina, pues con una naturaleza tan poco apta a dar hijos varones y numerosos a un jeque, tampoco interesaría a nadie.

Pasó así un año entero con todos y cada uno de los minutos ¡31 millones de minutos o más! discurridos frente al reloj, para placer de Petra que contemplaba con cada vez más fijeza las agujas del reloj. Así la niña se sentía muy rica y estaba también muy ocupada en aprender a concentrarse sobre lo que tanto la fascinaba: ver el tiempo pasar sin mover un solo músculo de su cuerpo y sin pensar en nada más.

Pero un buen día, ocurrió algo en verdad muy rocambolesco y de incalculables consecuencias: el jeque decidió viajar en su gran avión privado llevándose a todos sus hijos varones, para presumir de ellos ante un jeque vecino. Y también metió en otro avión suyo a todas sus esposas y concubinas para tenerlas a su disposición y -todo hay que decirlo- para mostrar al jeque poderoso del país vecino que tenía a las más bellas y engalanadas damas que soñar se pueda. Para mostrar su calidad de semental y hacer ostentación de ello, también se llevó a todas sus niñas, para presumir de su belleza, y ¿por qué no decirlo?, para ofrecerlas en matrimonio a poderosos jeques vecinos e incrementar su poder al tiempo que su ya obesa vanidad. Como Petra estaba enferma y débil, una vez más, y como tampoco podía servir de moneda de cambio para contentar a ningún varón deseoso de perpetuar su digna estirpe, la dejaron sola, al cuidado de las esclavas y de los eunucos del harem. Pero los dos aviones cayeron y se estrellaron, pereciendo así todo el linaje del jeque petrolero, cual faraón mítico que se hiciera enterrar con todos sus tesoros. Así lo pensó Petra, y dedujo que esa muerte había sido digna de tan vanidoso varón. Tampoco se sorprendió en exceso de saber que ella había heredado el reino, por ser la única hija sobreviviente del gran jeque petrolero.

Allí empezaron los problemas de Petra, que se vio rodeada de cortesanos anhelantes de recibir órdenes sobre asuntos que en nada interesaban a la niña. Así que tomó la primera decisión de su vida: regalar todas las posesiones a los cortesanos y llevarse dos relojes: uno muy grande, y otro muy pequeño. Se hizo depositar al borde del desierto, junto con sus dos relojes, habiendo tomado la decisión de estar en paz y despojada de responsabilidad alguna: se haría mendiga y se apostaría en la frontera misma entre el desierto y la entrada a su oasis. De este modo, aquellas caravanas que entrarían en el oasis la tomarían tal vez en cuenta y le darían algunas monedas para sobrevivir, o, mejor aún, la escasa comida que un cuerpo tan débil como el suyo necesitaría. Así nadie le pediría consejos ni esperaría de ella desempeñar responsabilidad alguna. Está de más decir que los cortesanos la despreciaron por ello y se apresuraron a trasladarla y a repartirse raudamente sus pertenencias. Es más: todos decidieron venderlas inmediatamente y marcharse del lugar, no fuera que la niña se avispara y cambiara de opinión. Pero la niña ni los recordaba, se sentía al fin ser sí misma. Pues, muy pronto, entendió que ya no necesitaba permanecer pétrea mirando las manecillas del reloj, ya no tenía nadie de quien abstraerse a su alrededor. El lejano sonido de la fuente y el silencio del desierto hacían a su vez de tictac del reloj. Tanto tiempo observando el reloj había hecho que lograra interiorizar el tiempo y así, Petra sabía, sin necesidad de mirar sus amados relojes, cuantos minutos transcurrían. Y era feliz así. La gente del lugar terminó por acostumbrarse a su minúscula presencia tan pacífica e inmóvil como las piedras y palmeras y le dejaban un poquito de comida, muy poca, ya que la niña enfermiza necesitaba en verdad poquísimos alimentos y dejaba estropear lo que le sobraba, sin siquiera molestarse en apartarla.

Mas un día, o más bien una tarde, unos gemidos más lastimeros que los suyos propios de antaño, llegaron hasta sus afinados oídos acostumbrados al silencio. Lo que tuvo como efecto que Petra prestara atención al lamento y se distrajera del tic-tac del reloj y de su concentración en el paso del tiempo. Entonces se dio cuenta de que no necesitaba levantarse de su lugar ni acudir cerca del sufriente niño, pues era un niño en verdad, que gemía. Al cerrar los ojos y concentrar su atención en los lamentos, fue capaz de verlo con mucha nitidez, y de sobresaltarse, pues a su lado vio a la Muerte, la Muerte delgada y negra, desdentada y horrenda ella, que ya casi se llevaba al niño con ella. Fue la impresión más violenta y fuerte de su vida. Y fue tal vez a causa de ello, y de lo inesperado de todo esto, que la niña decidiera, sin haberlo pensado siquiera, echar un pulso a esa horrible cosa presta a llevarse al sufriente niño. Se dio cuenta de que en la cabecera del niño moribundo había un espejo muy grande y sombrío, que la fascinó como antaño lo hicieran los relojes; más aún si cabe: y es que veía muy nítidamente que en ese espejo, el niño se reflejaba, él tan escuálido y débil, pero la Muerte, sin embargo tan larga y rotunda, no se reflejaba.

Puso Petra toda su escasa fuerza, vitalidad y energía, en luchar mentalmente contra la Muerte y en animar, con su deseo y su fuerza nueva, al niño enfermo a luchar contra esa horrible e inoportuna presencia que se lo estaba llevando. Mas el niño gimoteaba y se quejaba, pero no hacía ningún esfuerzo de voluntad para resistirse a la muerte. La niña sintió, por vez primera en su vida, una gran irritación. Y, lo que le pareció aún más incomprensible, la sintió no hacia la Muerte, que le producía más bien terror, sino contra el niño débil y gimiente, que nada hacía para resistirse; antes por lo contrario, parecía animar, con sus gemidos, a la calva y desdentada presencia osuda, a llevárselo de esta tierra. ¿Cómo ella hiciera tantas veces, todas las veces de su vida? Sí, así era. Petra entendió que así había sido ella, como ese niño que sólo gemía, que sólo había gemido y se había quejado durante toda su vida, sin decidir ni siquiera pensar algo por sí mismo.

Este gran descubrimiento de sí misma le dio fuerzas y determinación para luchar, por vez primera, de voluntad a voluntad, contra la muerte. Como el niño seguía gimoteando en vez de unir su voluntad a la suya propia contra la calva y desdentada presencia, Petra sintió de nuevo mucha indignación contra tamaña indolencia y dejadez. Y entendió también, que, al igual que el espejo reflejara al niño, el niño también la reflejaba a ella, en su indolencia gimoteante y pasiva como piedra. Petra logró entonces vencer a la muerte que, sin embargo, al alejarse riendo malamente, torvamente, le dio a entender que no se consideraba vencida por su hazaña y que pronto regresaría a por los dos.

Pero como Petra había vencido a la muerte, descubrió que era capaz de situarse ante el espejo y atravesarlo junto con el niño. Entonces, descubrió igualmente que el estar observando la vida detrás de un espejo era lo que de verdad había perseguido toda su vida, al fijarse de manera tan absoluta en presenciar el discurrir del tiempo. Pero la presencia del niño a sus espaldas, del otro lado del espejo, la inquietaba más que acompañaba. Pues el niño extraño seguía gimoteando en vez de unirse a ella y de agradecerle sus desvelos. Al darse la vuelta para reclamarle su conducta y exigirle colaboración y gratitud por estar en vida gracias a su fuerza y determinación, Petra vio que el niño se había convertido en algo extraño, pues tenía alas llameantes y una espada de fuego en la mano. Se quedó estupefacta al observar que el niño se había transformado en ángel gracias a ella, y que, sin embargo, prefería gemir y apiadarse de sí mismo antes que vivir. Colérica por tercera vez en su vida, entendió que el niño prefería alejarse de la vida antes que tomar el riesgo de vivirla. Así que le dio un empujón hacia arriba y lo envió al cielo, muy aliviada de ya no tenerlo cerca.

Durante muchos días, y meses, la niña vivió como siempre había soñado secretamente hacerlo. Viviendo tras el espejo, contemplaba a los demás seres humanos vivir, y aprendió mucha cosas. Aprendió sobre todo que lo que más le gustaba era contemplar a las madres con sus niños pequeños. Había madres de todos los tipos posibles. Las había sensibles y amorosas. Por vez primera en su vida, Petra entraba en contacto, aunque fuera de manera invisible -pues desde detrás del espejo- con gente bondadosa y sensible. Y aquello tenía el poder de hacerla llorar, pues nunca había llorado, sólo gimoteado. Las había duras y frías, como aquella que le diera a ella la vida. Las había sinceras y las había mentirosas, las había honestas y las había ladronas. Y toda esta variedad asombraba mucho a la niña, pues antaño había creído que madre no hay más que una, que todas eran como la suya y todas debían ser amadas, por principio. Pero más aún le asombraba el que los niños no correspondieran en su manera de ser con la de sus madres de origen. Había niños muy malos y hasta perversos que eran sin embargo hijos de madres buenas. Y los había muy buenos, sensibles y alegremente valientes, que sin embargo eran hijos de madres muy malas. Entonces Petra, secretamente, tras su espejo, gustaba de combinarlos bien. Le gustaba imaginar a las madres buenas con los niños buenos y a los niños malos junto a las madres malas. Así nació la esperanza en su corazón de tal vez no ser como la suya propia y, sin pretender ser buena, poder ser simplemente diferente de su progenitora. Entendió también que si ello fuera verdad, ya no tendría por qué permanecer quieta e inmóvil, esperando la Muerte, contando los minutos, y ¿por qué no también? tal vez situarse valientemente frente al espejo para vivir una vida auténticamente suya. Fue dicho y hecho. Petra atravesó el espejo, dejó plantados en la arena a sus amados relojes, y caminó derecho frente a ella, pensando por vez primera, por su cuenta y riesgo.

Así descubrió que lo que más le gustaba era eso: pensar. Y que sus pensamientos eran consoladores y piadosos. Casi amorosos.

Entonces tomó la decisión de dedicarse a fabricar, con sus propias manos, muñecas y muñecos que ella regalaba a niños pobres, para hacerles la vida más agradable. Y también para que se fijaran en los rostros de sus muñecos, parecidos a los suyos, mas no al de sus madres cuando éstas eran malas.

Pero como sus muñecas eran muy bellas, los niños pobres solían emberrenchinar a los niños ricos que deseaban una muñeca para sí y no la podían comprar en ningún sitio. Eso disgustó a Petra, que decidió regalar sus muñecas tan sólo a niños valientes y buenos. Pues entendió que no por ser pobre se es necesariamente bueno.

Como había adquirido la facultad de atravesar los espejos y de situarse el otro lado para observar todo sin ser vista por ente alguno, Petra se dedicó a observar a la Muerte cada vez que ésta se aproximaba a llevarse a un niño. Y se mordía las manos y los labios para no intervenir y para contentarse con sólo observar y aprender. En el fondo, lograrlo le resultó más fácil de lo que creía, pues cada vez que sentía tentaciones de luchar por un niño contra la Muerte, recordaba al niño gimoteante que en verdad quería vivir en el cielo y no en la tierra, ni siquiera como ángel. Rememorando su propio pasado y su pasividad de antaño, Petra tenía bien claro que de nada le serviría hacer el trabajo por el otro.

De sus observaciones cada vez que asistía al siniestro manejo de la Muerte, Petra aprendió muchas cosas, cosas en verdad sorprendentes. Aprendió que la Muerte era muy cobarde, y que sólo se acercaba a personas que no la deseaban vencer ni apartar de sus vidas. Entendió que gimotear y buscar excusas para culpar al destino, o a alguien otro de los propios dolores, equivalía a enviar una tarjeta de invitación a la Muerte, que se acercaba entonces, anhelante y voraz, para adueñarse de su festín. Aprendió que gemir era una manera de buscar pretextos para no tomar el riesgo, valientemente, de vivir la propia vida y de vencer o fracasar, poco importaba entonces, pues lo importante era vivir la vida con decisión, entusiasmo y valentía. Aprendió que buscar la Muerte era algo muy feo y cobarde, porque era una manera innoble de vengarse de los malos que habían hecho sufrir al que gime y que eso se llamaba rencor. Aprendió en definitiva que lo más triste de todo era vivir sin dignidad y que la dignidad está en no quejarse de lo que ya pasó y alejarse valerosamente de lo que maltrata en el momento presente.

No sabríamos decir si todos estos descubrimientos contentaron a Petra, pues se reconocía en los errores que suelen cometer los que convocan a la Muerte para abdicar del riesgo de vivir y de equivocarse tantas veces como hiciera falta, sin echarle la culpa de nada a nadie. Así que Petra se dedicó a observar a los niños valientes a quien ella regalaba sus muñecos. Pues de la Muerte nada podía aprenderse.

Los niños valientes en verdad no abundaban y Petra tuvo que recurrir a su don de ver muy lejos, más allá del vacío desierto, para buscarlos. Tuvo mucha suerte –al menos ella lo llamó así- al descubrir al niño más valiente del mundo. Era un niño príncipe, y ruso, que justamente estaba haciendo una excursión con sus padres al desierto. El niño de llamaba Pietor, y eso le gustó a Petra. Aún más le gustó el niño, que era muy bello y rubio, de cuerpo ágil y flexible y de ojos color turquesa. Se puso muy contenta al observar que Pietor tenía un pasatiempo que adoraba tanto como ella antaño amaba observar el tiempo transcurrir en las manecillas del reloj. Y es que el niño amaba limpiar espejos y observar anhelante su propio rostro en la luna reluciente, como esperando ver surgir de su rostro algo más.

Cuando el niño llegó con sus padres al oasis de Petra, eligió el espejo más bello y se dedicó a limpiarlo con ahínco, hasta dejarlo reluciente. Pero como Petra ya lo había elegido también y lo había atravesado minutos antes de que Pietor se apostara frente a él para limpiarlo, la niña se sentía muy feliz de poder darle la sorpresa que el niño tanto esperara desde siempre. Así que cuando Pietor se quedó escrutando su rostro en la luna reluciente, Petra asomó el suyo fuera del espejo y lo saludó con preciosas palabras. Como el niño era el más valiente, no se asustó, sino que rió embelesado de gusto y le dio un beso, tirando de Petra y obligándola a colocarse junto a él, de este lado del espejo. Así los niños se hicieron muy amigos, y ¿por qué no decirlo? mucho más que amigos. Cada uno reconoció en el otro la encarnación misma de sus más remotos sueños de pareja. Cogidos de la mano, decidieron adentrarse en el desierto, ya que Pietor le contó con determinación que si bien sus padres eran príncipes, tampoco eran precisamente buenos ni valientes. Como él sí lo era, no dudó en coger la mano de la niña y en alejarse con ella por el desierto, fuera del alcance de los que creían tener derechos eternos sobre él.

Al cabo de tres días de marcha por el desierto sin que los niños sintieran el menor atisbo de cansancio, felices como eran de haberse encontrado para siempre, Petra y Pietor se encontraron con la Muerte que, para burlarlos, había tomado la forma de una Esfinge.

-No podéis pasar, niños -dijo la Esfinge-, ¡yo os lo prohíbo!

– Si pude atravesar el espejo –respondió Petra- bien puedo atravesarte a ti. Eres tú la que debería entonces temerme y no nosotros a ti.

Y Pietor rió, encantado. Entonces, ambos vieron que la esfinge disminuía de tamaño y retrocedía un poco. Así que el niño cogió la mano firme de la niña y se adelantó resueltamente hacia la Esfinge. Ésta retrocedió y se encogió un poco más. Y dijo:

– Sois míos porque os llamáis Petra y Pietor y eso significa piedra, como lo soy yo.

– Falso –respondió, sonriendo, Petra- tú eres la Muerte y no eres de piedra, esto es sólo un disfraz que eliges para que nos confundamos contigo. Tú encierras en la tierra y bajo piedra a los niños que te buscan como madre, porque no se aman a si mismos y porque creen que se parecen a ti. Si te amaras algo más, dejarías de ser tan mala y tendrías dignidad.
Entonces la Esfinge inclinó un poco la cabeza y se achicó más aún, retrocediendo dos pasos. Pietor rió más fuerte y se adelantó, con la niña de su mano.

– Algún día muy cercano me buscarás y serás mía –dijo la Esfinge con voz vacilante-. Porque ya no podrás concebir la vida sin tu amado. Y cuando él muera, irás por delante de él para esperarlo.

– Una vez más te equivocas –dijo Petra, riendo por vez primera en su vida- pues justamente yo soy niña y él niño, y se quedará para acompañarme y dejarme pasar ante él, como todo príncipe y rey ha de hacer con su dama. Tú eres una mujer mala que hubiera anhelado ser hombre, para someter a las mujeres que no se aman como tales, es decir, a ti misma. Si te amaras un poco más, respetarías más a los hombres también. Y tendrías derecho a esperar al tuyo, sin buscarte a ti, la Muerte, como única salida, que no es salida sino impasse. Tú jamás podrías atravesar un espejo, porque sólo tú, la Muerte, eres tu espejo, y sabes que si no te reflejas en ellos es porque no hay nada detrás. Yo en tu lugar aprendería a llorar y así, de cada lágrima sincera nacería un trocito de mi espejo.

Entonces la Esfinge bajó la cabeza y se hizo muy pequeña, retrocediendo tres pasos que Pietor, encantado, franqueó para acercarse, manteniendo muy firmemente la mano de la niña entre las suyas.

– Sabéis bien que sois mortales y por ello vanidosos al pretender esperar a que se consuma lo inevitable. Sabéis que más temprano que tarde seréis míos los dos –dijo la Esfinge con voz casi inaudible y gimoteante-.

– Sólo los que temen vivir porque creen parecerse a ti son los que mueren, pero has de saber que somos nosotros, los niños débiles y gimoteantes, los que te hemos creado a ti, y nadie más. Tú eres nuestra creación, y no nosotros la tuya. Y como es bueno equivocarse, yo rectifico un error hoy. E, igual que te creé, te borro. Nadie necesita de ti. Además, eso será bueno para ti, pues sólo desea morir, la Muerte. Descansa en paz. Así sabrás renacer de tu error y de tu dolor. Pensaré en ti con compasión y algún día tú también serás vida. Te lo prometo.

Entonces la esfinge lloró su error, y tuvo compasión de sí misma. Y así se derritió y desapareció por siempre de la faz de la tierra.

Entonces los dos niños, con risa clara y con lágrimas de gratitud en los ojos, alzaron la vista al cielo, y pudieron comprobar lo que ya sabían: la Muerte, con risa clara, se había convertido en estrella y les guiñaba el ojo, traviesa, pues renacería pronto bajo la forma de una niña feliz y valiente, con derecho a vivir su propia vida de niña, de mujer y de madre.

Preciada Azancot, Julio de 2015.

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