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¡Esto es SEFARAD!

Por Preciada Azancot

Una película maravillosa y muy fiel a la realidad de ayer, de hoy y de mañana.

¡Qué feliz y agradecida me siento por ser Hija del Universo en evolución y por haber tenido la fortuna de desentrañar y de restaurar algunas de las Leyes que, como dichos hijos, nos rigen!

¡Qué enamorada estoy del Designo de mi Creador, por haberme hecho Mujer, porque sé que para el Hombre verdadero la mujer es un trozo del Alma Divina de la cual no cabe renegar!

¡Qué orgullosa me siento de ser Judía por los cuatro costados y por seguir afirmando la dignidad eterna e indoblegable del Pueblo más civilizador del planeta!

¡Qué vital y radiantemente renacida me siento, por haber culminado y cerrado mi primera Ley del retorno a la Sefarad de mis dos abuelas y qué justo también el haber compartido la llave de este retorno con Españoles e Hispanos orgullosos de redescubrir esa parte tan esplendorosa de su propia identidad!

¡Qué claramente definida me siento en mis análisis de la realidad actual y en la absoluta deducción y certeza de que las sombras no cubrirán la luz de este mundo, por más histéricos que se pongan sus militantes prietos!

¡Qué serena me siento en esta soledad de unicidad, despojada de necesidades que no sean las de la ética y de la verdad!

¡Y qué infinitamente enraizada me siento en el Universo entero por SABER QUE LA ÚNICA GUERRA SANTA ES LA GUERRA CONTRA EL EGO!

Preciada Azancot, septiembre de 2014

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SER JUDÍOS

Por Preciada Azancot

Ser judía representa para mí, hacerme sentir más mujer y amar serlo. Así como sé que a los varones judíos les hace sentirse más hombres y amar serlo.

¿Qué es lo que significa ser una mujer en mi sentir? Es asumir – con orgullo y gratitud – los llamados valores tradicionalmente “femeninos” (respeto, seguridad, obediencia a lo alto y armonía; justicia, valores y significado sagrado del cuerpo; amor, solidaridad, entrega, don de sí y devoción al amado) y haber conquistado e incluso privilegiado en mí (en el sentido de no permitir que nadie las someta a relaciones de poder) las virtudes llamadas “masculinas” (necesidad de entender, laboriosidad, inteligencia, honestidad y humildad; dignidad, talante creador y civilizador; y más especialmente alegría, sexualidad monógama y plena y espiritualidad).

Precisamente porque rechazo por igual el machismo y el feminismo, amo al hombre y me encantan los hombres que aman a la mujer. Y por causa de ese amor, interiorizamos los valores y dimensiones del amado, más fácilmente que los demás pueblos en los que se ven los miembros del género opuesto como contrincantes en vez de como al milagro de la completitud y por ende a lo más amado y deseado. Lo más sagradamente preservado, también.

A nivel colectivo, la Diáspora representa la parte Mujer e Israel representa la dimensión Hombre del pueblo Judío. Obviamente soy muy diaspórica, porque mi amado es Israel.

Por lo tanto, una relación de amor -la amistad es más definitiva con el tiempo que lo sentimental, y sólo la amistad puede salvar y consolidar la pasión por lo amado- significa sentirse a salvo y protegido porque se es valorado y elegido por estos signos de identidad biológica que supimos asumir y preservar y saberse admirado y disfrutado como un regalo inaudito por la dimensión que se supo conquistar y privilegiar, tanto hacia dentro como hacia afuera.

Aunque pueda resultar extraño para las mentalidades externas, para mí esa completitud que privilegia en sí la dimensión amada del otro, es el logro supremo de la identidad judía y también la única causa del nuestro HUMANISMO Y UNIVERSALIDAD. Es así la garantía de que la Shejiná nunca más estará en exilio (interior ni exterior).

La estrella de David simboliza la armonía entre las dos dimensiones masculina –representada por el triángulo con la punta erecta hacia arriba- y femenina -representada por el triángulo que se abre y ancla al amado, con la punta hacia abajo- en perfecta igualdad de dimensiones y en equilibrio integrador permanente.

Y si alguna duda nos cabría, sólo habría que recordar el primer libro del Génesis y la creación de la mujer desde la parte más protectora del corazón y de la capacidad de respirar en el varón. Sólo hay que recordar la expulsión del paraíso, donde no se expulsa a la mujer, sino que se le hace la gracia al hombre de seguir a la esposa, esté donde esté, aunque eso sea el exilio, sólo hay que recordar que el Creador eligió a Moisés para entregarle sus Mandamientos, siendo éste el esposo de una seguidora de otra religión y que cuando los sacerdotes más elevados así como la hermana profetisa que le había salvado la vida se burlaron y osaron criticar a la esposa de Moisés por no seguir la religión del pueblo judío, Dios fulminó y erradicó de la faz de la tierra a esos dogmáticos religiosos y degradó para siempre a Miriam de su rango de profetisa. Y eso, para marcar que la pareja elegida era mucho más exponente del Orden judío que la seudo jerarquía religiosa oficial. Por eso también, en el judáismo no existe iglesia ni autoridad religiosa por encima del ser humano integrado.

Completitud del ser realizada - Preciada Azancot 2014

Completitud del ser realizada – ©Preciada Azancot

Por eso el machismo o el feminismo son degradaciones y PROFANACIONES de la significación profunda de lo Judío y de su Vocación en esta tierra. Son interiorizaciones gentiles, nacidos de la culpa inducida por ser chivo expiatorio del mal y son la verdadera asimilación a lo impuro y la renuncia primordial a lo auténticamente judío.

Si el Pueblo judío quiere ganar sus guerras contra el antisemitismo, la condición necesaria y tal vez suficiente será el vomitar de sí la visión de poder del hombre sobre la mujer y de manipulación de la potencia del hombre por la hembra. Y ESTE SERÁ EL VERDADERO LEGADO PARA LA HUMANIDAD DE TODO EL TERCER MILENIO. Confieso que no me siento demasiado optimista al respecto. Así que si falla lo esencial y primigenio, todo lo demás será un castillo de naipes. No, no me siento esperanzada en demasía con respecto a lo principal.

Sea como fuere, cuando la completitud en armonía que representa la estrella de David en la estructura humana no está en equilibrio y cuando la mujer se torna hembra y el hombre se degrada a macho, no sólo se sitúan por debajo del animal (pues éstos tienen muy claros sus roles y son Socios auténticos en la labor de evolucionar juntos) sino que se condenan a la guerra y rivalidad de contrincantes entre machos y hembras. Se hacen la guerra a sí-mismos y desde sí-mismos. Entonces, nunca jamás serán Esposos y a lo máximo a lo que podrían llegar, por un momento fugaz y siempre abocados a la muerte, es al nivel de Amantes, es decir de mitos culpabilizadores del mundo.

Si las dos dimensiones triangulares no están integradas, las relaciones interiores y externas de los humanos están condenadas a ser siempre SIMBIÓTICAS, abocadas a la mutua sumisión, es decir a la atadura entre dos amputados de lo mejor de sí-mismos y nunca serán relaciones FUSIONALES, es decir regidas por la auténtica PASIÓN y vibrando en la misma frecuencia (música, sí) entre dos seres completos sedientos de comprometerse mutuamente y de entregarse el uno al otro, con el fin de ser más sí-mismos, pero sobre todo para contemplar con éxtasis la plenitud del otro, del amado. Difícil sí, mas no imposible. Maravilloso, sin duda, porque es esta tensión la que garantiza el crecimiento por amor, es decir sin ego, y por ende es el mejor garante de la paz interior y exterior.

De fusión en fusión, de vibración afín a vibración afín, de orgasmo en orgasmo, se alcanza en una mutación anhelada, la Fisión (en el sentido verdadero del término) y se convierten en UNO, haciendo una sola carne. Y no sólo carne, sino completitud consagrada y en trono. Que se representa con la Estrella de David dentro del círculo de la perfección indisociable de la verdadera completitud del ser humano septidimensional. Es la figura que ilustra este texto. Pues así somos y no sólo los judíos, sino todos y cada uno de los seres humanos del planeta.

Inmediatamente después de esta fusión de opuestos (cuyo símbolo bíblico es para mí la escalera de Jacob y la verdadera causa de su nombre “Israel”, pues no olvidemos que Jacob tuvo de trabajar como siervo de su suegro durante catorce años para obtener a su esposa amada y elegida, Raquel), ser judío, para mí, es asumir y actuar la promesa hecha al Creador: la de ser ese pueblo elegido “para ser un pueblo de Sacerdotes”, es decir de guardianes del Orden y de las Leyes que rigen la creación, recibidas en una revelación progresiva y por lo tanto, objetiva. Por ello el destino y vocación del pueblo judío siempre ha sido así la de ser un pueblo de Civilizadores, custodios de una Creación (temporalmente siempre perfecta, porque reflejo inmortal de la Eternidad) en infinita evolución.

Preservar y cuidar la Creación y ayudarla en su evolución (encontrando caminos universales y objetivos para lograrlo) es el signo indiscutible de identidad en la historia del pueblo judío. Es lo único que explica que una minúscula minoría numérica siempre produce los grandes saltos de la evolución de la humanidad, ya sea en el plano espiritual, social, conceptual, moral, ético, científico, tecnológico o económico. Somos responsables con dignidad y objetividad, de más del 75% de los saltos de evolución de este planeta. Pues esta es nuestra promesa, por siempre y para siempre.

A continuación, ser judío, para mí, es este amor, esa solidaridad instintivamente tierna y ardiente para con los miembros de su gente, de su tribu, de su grupo étnico, de su familia, de su sangre, y si queda un poco, para sí mismo. Es algo precioso y maravilloso, siempre garantizado y siempre presente. En el gueto y fuera de él.


Es amor, amor océano y resonancia universal, pero tocándose, moviéndose, acogedor, enorme, pero que se condensa en un microclima que nos protege y nos conserva, estemos lejos del nido o no, hayamos disfrutado personalmente de ese tipo de amor en la infancia o no. Porque también es la brújula que siempre nos permite encontrar el camino de regreso al hogar. Es nuestra ley del Retorno. Shalom es su nombre.

Además, ser judío se convierte así inevitablemente en el gusto y en el don del culto del conocimiento, del estudio, de la memoria y por lo tanto garantiza una inteligencia honesta, dialogante, clara y alerta. Compasiva, siempre.

Y finalmente, ser judío, para mí, es ese sorprendente humor que nace en las peores situaciones, en lo trágico y en lo absurdo, en la injusticia y en la amenaza de guerra. Ese humor que es una autocrítica, siempre, porque nos previene contra el tomarse a sí mismo demasiado en serio, que es nuestra coraza más fuerte y que nos permite, mirando al cielo, más allá del sol, más allá de las estrellas, reír porque la guerra y la destrucción se tornan imposibles, donde el temor a ser eliminado es impensable. Porque la Eternidad no se puede borrar jamás. Y esto se llama Esperanza. Por eso es nuestro Himno.

Preciada Azancot