No es igual pasar como Atila por la vida, destruyendo y arrasando todo a su paso, que romper tres huevos para hacer una tortilla o sacar a hachazos leña de un árbol para no morir congelado. En el primer caso se puede hablar de brutalidad, en el segundo de extracción respetuosa con el fin de lograr algo mejor de lo que había antes. No es igual una manifestación, una revolución, una protesta, una denuncia, que el vandalismo, el terrorismo, la destrucción gratuita de lo válido, la crueldad y el revanchismo resentido.
Pero ¿dónde está la frontera precisa? Y no digamos si se pretende alcanzar la unanimidad en la expresión de la justicia…
Nosotros ya disponemos de dos instrumentos para ir despejando y sincerando terreno: la noción de emoción auténtica y de emoción falsa, y la constatación de que, en todas las tipologías de personalidad, las seis, el talento desconectado, es decir, la genialidad virtual propia, se expresa como rabia destructiva. Veamos: hemos visto ya que una emoción es auténtica si se corresponde en calidad, intensidad y duración con el estímulo que la provoca. En calidad, significa no sustituir la emoción legítima, la que corresponde al estímulo, con otra con la cual nada tiene que ver. Por ejemplo, si ganas la lotería, no tiene sentido partirle la cara al vendedor en gratitud, y, si te acaban de dar una bofetada sin ningún motivo, tampoco es auténtico responder con miles de agradecimientos. En intensidad, significa que la respuesta sea proporcional a la intensidad del estímulo: por ejemplo, si un amigo, porque no quieres acompañarlo al cine, saca la pistola y te pega un tiro, pues, no, no es autentica la emoción. Y en duración, significa acorde a la intensidad en el tiempo. Por ejemplo, si pierdes el metro no se justifica que te vistas de luto, llores desconsoladamente durante un mes y dejes de comer a lo largo de tres días. Todas esas emociones son falsas, luego, mentirosas, y merecen nuestro rechazo, por inauténticas y tramposas. “Así no” a ellas y “así sí “a las expresiones auténticas de nuestras emociones.
Y hemos visto también que, dentro de una tipología de personalidad, la característica segunda consiste en que el verdadero talento esté enmascarado y se manifieste -adentro y afuera- por falsa rabia destructiva que remplaza la genialidad potencial del sujeto. Y eso es confundidor, agresivo y molesto. En efecto, que Reactivadores agredan a quienes los protegen y los ponen en guardia contra motivos de miedo, contra amenazas reales a su integridad, es indignante para quienes se preocupan por su seguridad. Y cuando se piensa en que estos Reactivadores son precisamente geniales en seguridad propia y ajena, resulta, cuanto menos, confundidor. Que los Promotores manifiesten celos, competitividad y rechazo contra los más amorosos para luego pasar infinitos exámenes para merecer el beneplácito de los peores elementos, es francamente indignante. Que los Fortificadores transformen su sed de justicia en culpa y auto agresión, resulta cargante pues impide compadecerse de ellos, falsas víctimas. Que los Constructores sientan y manifiesten rechazo y envidia contra todo lo alto y rompedor, digno de admiración, se merecería que se los mandara a paseo y no se contara con ellos. Que los Reveladores expresen rabia agresiva cada vez que pierden algo o que algo se estropea y culpen a inocentes y a víctimas, de su propia dejadez y pereza, no tiene perdón. Y que los Legisladores, ante la alegría, la libertad, el derecho a la plenitud, nos salgan con acusaciones de irresponsabilidad cada vez que no somos, como ellos, amargados y metiches, merece nuestra repulsa más absoluta. Y, sin embargo, también lo hemos constatado, el 98% de la sociedad funciona así. Y la sociedad, que yo denuncio por ello, justifica y mantiene las cárceles tipológicas porque así somos más manipulables y controlables. Así, los que menos esfuerzo hacen, son la norma de lo normal y los que heroicamente se libran y nos libran de nuestras cadenas, son perseguidos en vez de defendidos, acusados en vez de aplaudidos, culpados en vez de seguidos, envidiados en vez de admirados, celados en vez de amados y rechazados en vez de festejados. Y yo, a una sociedad así la denuncio y le digo “¡Así no!”. Y digo “¡ Así sí ¡” a una sociedad de talento y de genialidad, pues todos somos eso, sin casi esfuerzo. Es lo que nosotros venimos constatando con orgullo, amor y alegría.
Así que si la rabia destructiva se desperdicia contra los que más merecen ser vistos como un regalo y aplaudidos, no es de extrañar que se nos justifiquen los excesos, la brutalidad y el terrorismo. Esa rabia nuestra, en vez de apostar por nuestros talentos, es un terrorismo disuasorio contra los talentosos asumidos, contra los genios a los cuales nos gusta castigar y sacrificar en holocausto contra lo destructivo institucionalizado.
Y aunque aún no hemos desvelado cómo ni por qué este desastre de desconexiones tipológicas se originó, sí podemos decir que nuestra sociedad se basa justamente sobre la perpetuación de todas esas falsas emociones agresivas que apartan de nosotros la sal de vida y nos vedan lo valioso y lo genial en nosotros mismos. Y nosotros ya hemos encontrado -por ahora- el dónde (ver El libro de tu seguridad o cómo hacer retroceder el miedo) radica el peligro en cada tipo de persona y el qué (ver El libro de tu desarrollo o cómo eliminar la tristeza) hacer para animarlos a remediar ese cáncer tan extendido. Y ahora nos preparamos a ver el cómo hacerlo. Pues si bien el miedo, lo hemos visto, responde a todos los “dónde”, y la tristeza responde a los “qué”, la rabia, ya lo tengo claro, responde a los “cómo”, calibra el modo, la manera, y dice: “¡Así (de esta manera) no … así (de aquella otra, sin embargo) sí!”
Y, puestos todos de espaldas a nosotros mismos, enemistados con nuestro talento y envidiosos de los talentos ajenos, perdemos rápidamente nuestra vocación, y así, con ella, el sentido y finalidad de nuestra vida. Y ¿cómo se hizo de modo tan colectivo, tal estropicio? ¿cómo se perpetúa? No es aventurado suponer que, las cosas siendo como son, los amantes padres desconecten a sus hijos, “por su propio bien”, para que formen parte del tropel y sean aceptados por la mayoría. ¿Acaso ser multitud nos exime de responsabilidad? ¿Acaso en el mal de muchos hay consuelo y justificación de tontos? Nosotros, al menos, hemos podido comprobar que hay posibilidad de luchar por recuperar nuestra integridad, nuestro desarrollo y ahora, también, un entorno –interior y externo- justo. Y así sí nos abocamos con decisión.
Con fervoroso deseo de decir “¡Así sí!”,
Ésta es la definición que propongo de la rabia:
“Rabia auténtica es la capacidad innata de percibir mentiras, engaños, injusticias y manipulaciones y de reaccionar antes ellos, denunciándolos y proponiendo formas más justas”.
La rabia destructiva es una emoción falsa, mentirosa, un pataleo contra el orden verdadero que, las más veces, evidenciaba rechazo de la propia genialidad potencial y envidia cuando se veía a ésta actuada por otros.
La rabia responde al cómo de las cosas, a su forma. Y la definición como ofensa al cuerpo nos parece muy buena, entendiendo por forma, no el puro esteticismo, sino la materia misma, la carne misma, la materialización de los fenómenos. El “así no” cobraría toda su significación si repudiara la forma como materia. Pues una mentira, una manipulación, una agresión se materializa en una injusticia. Y el “así sí” igualmente, aporta la encarnación de un orden bueno, mejor que el anterior porque más justo, basado sobre la verdad y la libertad.
Esto venía a demostrar que la tristeza, apta para detectar el qué de las cosas, era la base de la rabia, que mostraba el cómo se materializaría ese qué. Que no bastaba mostrar el dónde, ni el qué, sino mostrar el cómo materializarlo, para que se encarnara en un orden justo.
Asumimos lo importante de esta investigación tercera para el planeta tierra, ya que, como de tipología Constructora, tenía como vocación real la rabia y la justicia, entendiéndolas en el sentido de la definición de la justicia y de la rabia que habíamos adoptado.
Y podemos afirmar que una rabia auténtica -subrayando el término “auténtica”, expresada con “así no … y así sí”- que llevara a implantar nuevas formas de una verdad y libertad mayores a las anteriores, o sea, justicia definida como “garantía de poder desenvolverse libremente, sin motivos de rabia”, era ya estímulo apto para suscitar la unanimidad entre los que sienten rabia auténtica; pues la falsa había de ser denunciada como agresión, no como rabia real ni fundamentada, y por lo tanto, no justificable.
En cuanto al término unanimidad, le podemos dar una definición acorde a la del diccionario: “el conjunto de las personas que conviene en un mismo parecer, voluntad o sentimiento” siempre que esos sentimientos correspondan a emociones auténticas, no falsas, pues, como ya habíamos podido constatar en nuestra primera andadura (ver El libro de tu seguridad o cómo hacer retroceder el miedo), no bastaba sentir una emoción para que ésta fuera auténtica. Así, el considerar esas tres condiciones, la de corresponder a la definición nuestra de rabia, de justicia y de autenticidad –ya que la falsedad era estímulo legítimo de la rabia-, como condiciones insustituibles para medir la unanimidad, la hacía menos utópica, más accesible. Así y todo, sólo pretendo avanzar y hablar en nombre de mi misma, no del universo. Mostramos los “así no y así sí” que detectamos como más aptos para regir una sociedad más sana. Más sana porque más justa.
Preciada.


















